El valor del acompañamiento

Para estrenar este blog, me parece oportuno rescatar un artículo que escribí hace un par de años y que apareció en La Vanguardia digital, en mi blog "El paso por la vida".

Entre otras cosas, y no por casualidad, dicho artículo comparte título con el de esta web, e ilustra muy bien la tarea de aquellas personas para las que el contenido aquí expuesto puede ser de utilidad e interés.

 

Ahí va este breve cuento:


 Un hombre seguía su camino con tranquilidad. Era un camino amplio, llano, y su travesía transcurría plácidamente. Conocía el paisaje, conocía a los personajes que transitaban a su lado o pasaban junto a él, iba pensando en sus cosas, despreocupado.

 

Sin darse ni cuenta, después de una curva inesperada, el camino empezó a empinarse, y ahora le costaba más esfuerzo andar. El terreno ya no era liso, sino pedregoso, y los pies empezaron a molestarle. Los márgenes se fueron estrechando, ya no iba cómodo. El sol se escondió, había poca luz, no veía bien. Hacía calor, el paisaje se le hizo desconocido, y se cruzaba con personajes extraños que decían cosas que no entendía.

 

Cada vez le costaba más avanzar, la fatiga era terrible, sentía dolor al clavarse las piedras en sus pies, se arañaba los brazos con los matojos espinosos que cubrían los ya muy estrechos márgenes del camino, y sentía calor, mucho calor, que le impedía respirar. Sintió angustia, no entendía qué ocurría, quería detenerse,  pero no podía,  tenía que seguir avanzando, una fuerza extraña le empujaba sin miramientos hacia adelante. Sufría cada vez más, le dolían los pies, le escocían los arañazos, la pendiente ya muy pronunciada le causaba ahogo, el calor era agobiante, no veía apenas por la oscuridad creciente, y le envolvía el silencio de la incomunicación.

 

Quería volver a su camino de siempre, no sabía a dónde conducía éste ni qué encontraría al final, se sentía muy sólo, y tenía miedo, muchísimo miedo.

 

Entonces, en la penumbra, notó que una mano tomaba la suya, alguien caminaba junto a él, y se sintió algo más seguro. Notó que otra mano le enjugaba el sudor con un paño frío, que le alivió del calor. Otras manos le masajeaban las piernas ya muy fatigadas y doloridas, y le aplicaban ungüento en los pies heridos. Y otras más le curaban los arañazos de los brazos. Alguien encendió una pequeña antorcha que iluminó tenuemente el camino, mientras unas voces le susurraban al oído palabras de apoyo y de ánimo.

 

Tenía que seguir, el camino se hacía más y más difícil, su cuerpo estaba cada vez más maltrecho, y el calor ya era sofocante, pero curiosamente, se sentía mejor, se sabía acompañado, y las manos amigas que se empeñaban en confortarle lograban que el dolor, el calor, la fatiga, parecieran mucho más llevaderas. Y las voces que le hablaban sonaban sinceras, mostraban preocupación por él, por su vida, por lo que sentía, por sus deseos, y eso, sin saber por qué, le ayudaba a serenarse, y aunque empezó a intuir que tal vez el camino no tendría salida, que no había vuelta atrás,  ya no le angustiaba tanto como antes.

 

 Hasta que, un día, cuando ya no notaba el dolor, ni el calor, ni la fatiga, pero sí la presencia de las manos y voces que le seguían acompañando, tuvo la certeza de que había llegado al final del camino, y pese a todo, le pareció que había valido la pena, y que estaba en paz.

 


Para aquellas personas que mientras cuidaban a su ser querido han sentido impotencia por saber que no podían cambiar el final de la historia, o han pensado que sus cuidados servían de poco. Pueden estar seguras de que su compañía y su entrega amorosa al cuidado de su padre, madre, esposo, etc, fue lo que más le alivió en su doloroso camino.

 

Y para los cientos de profesionales que cada día trabajan acompañando en su camino final a múltiples enfermos, héroes silenciosos que se atreven a sumergirse en el sufrimiento de otros, y que saben que no obtendrán el éxito de una curación, de un trasplante triunfal, o de una operación espectacular, sino como mucho (y no es poco) la satisfacción de haber contribuido a aliviar y confortar al enfermo, y acompañarle a él y a su familia en ese difícil y universal recorrido.   

 

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