Una nonagenaria rebelde

La encontraron en su cama, abrazada a un peluche ajado y desmembrado, que acumulaba casi tanta historia como ella. Los vecinos sospecharon, hacía días que no la veían, bajando o subiendo las escaleras, con aquella parsimonia, tributo a los años que ostentaba su osamenta. La autoridad uniformada, debidamente alertada, irrumpió al rescate de un cuerpo arrebujado y sin vida, cuya boca mostraba una irónica y pacífica sonrisa de triunfo.

Se asomaron los curiosos, y se oyeron los indefectibles comentarios, si ya lo decía yo, que hacía mala cara, que estaba muy sola, que lo del desahucio la iba a matar.

Algunos más osados, o menos respetuosos, no se limitaron a observar, sino que profanaron con sus miradas y sus manos las escasas pertenencias de su nonagenaria vecina. Y de tanto husmear, apareció una libreta de espiral, con más espiral y tapas que hojas blancas, cuadriculadas ellas. Ávidos de algo que explicar, la abrieron, y emergieron unos renglones amplios, trazados a lápiz y con tembloroso pulso, pero de impecable ortografía. Porque su vecina tenía estudios, y leía libros (aunque usaba una gran lupa de aumento), y empleaba palabras extrañas que ellos no entendían.

La autoridad uniformada exhibió el decoro que se le suponía y arrebató la libreta a quienes no tenían derecho alguno a fisgonear en pertenencias ajenas. Pero una vez desalojado el piso de curiosos y a la espera de la llegada del forense, aquellas líneas sirvieron de entretenimiento a la espera. Y el agente empezó a leer:

No me gusta este mundo.

No quiero tener miedo a contestar al teléfono, porque quieran venderme algo o engañarme o aturullarme.

No quiero tener miedo de abrir la puerta, porque alguien quiera llevarse lo que no tengo.

No quiero seguir viendo cómo las leyes y las normas y los papeles y los burócratas hacen la vida cada vez más difícil y menos agradable.

No quiero ir por la calle con temor y sin poder distraerme tranquilamente.

No quiero pensar que no puedo confiar en nadie, porque soy una vieja fácil de enredar.

No quiero creer que aquel papel que firmé, fiándome de una sonrisa educada, es el que ahora me va a sacar de casa, y no se puede hacer nada.

No quiero vivir creyendo que las sonrisas no son sinceras, que son máscaras que se usan para ablandarnos.

No quiero ver más cómo los que mandan piensan sólo en mandar más tiempo y hacer la puñeta al contrario, sin importarles nosotros más que para salir en las fotos y engatusarnos para que les votemos.

No quiero sentir el dolor de que tan pocos hagan sufrir a tantos.

No quiero ir a un médico que no escucha mi soledad, que me riñe porque no me tomo las pastillas que me da, ni me hago los análisis que me pide.

No quiero que me lleven a urgencias cada vez que tengo fiebre o cualquier otra tontada.

No quiero ser tratada como un parvulillo al que se hacen carantoñas y se le dicen boberías con voz ridículamente aflautada.

No quiero hacer esperar más tiempo a mi esposo, que en gloria esté.

No soporto vivir sin mis hijos, que se fueron antes que yo, Dios sabrá por qué.

No me gusta esta ciudad llena de ruido, de prisas para ir a ninguna parte, de gritos y violencia, de palabras falsas y de egoísmos.

No me gusta no haber podido ser como de verdad soy, o como hubiera podido ser si me hubieran dejado.

No me gusta este mundo, autocomplaciente e iluso, que se cree libre y colecciona cadenas invisibles.

No quiero vivir aquí. No quiero vivir así.

Estoy muy cansada.

Me gustaría marcharme.   

El agente soltó la libreta. E instintivamente pudo imaginar lo que seguía. Lo había visto alguna otra vez. Dejarse morir fue su canto del cisne a la libertad, su postrer gesto de rebeldía. Claro que eso no saldría en el certificado de defunción. Pero la causa del fallecimiento, la de verdad, no fue otra que, se dejó morir.


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