Valentía y cáncer

¿Quiénes no hemos admirado en la infancia a los héroes de ficción? El cine y la literatura nos han acercado a personajes que en virtud de su fuerza, su valentía, o sus poderes prodigiosos, podían luchar contra el mal, la tiranía, la injusticia.

Con los años fui aprendiendo que detrás de la acción aparentemente heroica no siempre había valentía, y también que ser valiente no significaba no tener miedo (eso que todos desearíamos no tener), sino ser capaz de hacer algo a pesar del miedo.

Hacia el final de la película, Lord Jim afirma que “entre la cobardía y la valentía apenas cabe el grosor de una hoja de papel”. Pero lo cierto es que la gente nos califica, o califica nuestras acciones, como valientes o cobardes, sin demasiados remilgos, y siempre, claro está, desde su visión, que no es la nuestra en absoluto. Y lo mismo sucede frente a la enfermedad.

Creo que una de las cosas que más daño hacen al enfermo de cáncer es verse empujado a una lucha, según la entienden otros, y según las reglas de otros, contra un enemigo al que, también según otros, se puede vencer desde la voluntad y el coraje, mientras que bajar los brazos y rendirse es de cobardes. Menuda falacia. Son los miedos de todos los que le rodean, tanto los médicos como sus amigos y familiares, los que en realidad empujan la rueda unidireccional.

La verdadera cuestión es qué significa luchar para el enfermo, qué está dispuesto a sacrificar y a obtener, qué motivaciones y fuerzas tiene para hacerlo, y sobre todo, qué es lo que realmente quiere él. No se le puede arrebatar ni negar la oportunidad de decidir, tras darle información veraz, ni se puede hacerle sentir culpable si no hace lo que está “mandado”. Es su vida.

Y es que también hay que ser muy valiente para decir basta, para decidir que pese a que el camino designado como normal es el de seguirse sometiendo a tratamientos oncológicos clásicos, a veces sin más garantía que la de sus efectos secundarios, uno prefiere optar por otro camino, sea el de dejarse cuidar y al tiempo vivir intensamente cada día dejando fluir la vida y la enfermedad, sea el de optar por otras terapias o recomendaciones en las que decide depositar su esperanza y que al menos no le interferirán en su calidad de vida (y no me refiero aquí a la inacabable lista de embaucadores y sacadineros a costa del miedo de los demás).

Admiro a quienes han soportado estoicamente los efectos secundarios de las quimioterapias, de la cirugía, de prolongados ingresos y largos períodos de recuperación, siempre con el temor a la recaída, y han salido adelante, o no han salido adelante pero decidieron libremente que esa era su lucha.

Pero admiro también profundamente a quien de forma consciente y reflexionada es capaz de ir contracorriente. Y en ese sentido hay que recordar, para aquellos que consideren ese ir contracorriente una excentricidad impropia de países con, según dicen, una de las medicinas más avanzadas del mundo, que son muchos los pacientes que al dejar el tratamiento oncológico y dedicarse a vivir y a dejarse cuidar (por sus seres queridos y por los paliativistas) viven más tiempo y mejor (y eso ya lo avalan numerosas publicaciones, no lo digo yo). Y que de vez en cuando suceden fenómenos inexplicables entre personas que no pasan por el aro de hacer lo que la medicina científica les ofrece como única solución válida.

No hay un único camino. Nunca lo ha habido. Creo que lo importante es que quien quiera decidir por sí mismo pueda hacerlo sin presiones ni coacciones, y sin engaños por causa de información escatimada. Y que luego asuma las consecuencias de sus decisiones. Pero que no le suceda que, cuando ya no haya tiempo, tenga que lamentarse de que le ha sido robado el final de su vida.


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