Ecos de una muerte lúcida


La semana pasada fui invitado a participar en un programa de radio. No era la primera vez. Ya han pasado algunos años desde que Oriol Casals me invitó al “De Cap i de Nou”, del cual es director y presentador, en Radio Estel. Queda lejos aquel debut, cuando no había visto nunca un estudio de radio por dentro, y cuando el directo y la novedad generaron un natural nerviosismo.


Desde entonces han sido varias las colaboraciones, siempre con el final de vida y/o los cuidados paliativos como tema de fondo. Aunque cada programa fue distinto, había una sensación común, y era la de que sólo se había podido pasar de puntillas sobre las cuestiones planteadas, produciéndome la impresión de oportunidad perdida.

Nada que ver con el programa del pasado miércoles. Era un homenaje a Ramón Fraxedas, uno de los iniciadores de Radio Estel, que falleció recientemente a los 57 años, y que dejó grabado en audio un testimonio durante su estancia en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital de Sant Pau, sólo tres semanas antes de morir. La escucha de fragmentos de la grabación debía servir de hilo conductor para que los invitados habláramos sobre el afrontamiento del final de la vida. 

Yo no había tenido acceso a la grabación, ni conocía a Ramón (a diferencia de mis compañeros de programa). Por eso la sorpresa sería aún mayor. Tras una breve introducción al personaje y a las circunstancias, y la presentación de los tres invitados, en cuanto empezó a sonar su voz, clara y serena través de los auriculares, ya me di cuenta de que estaba ante algo extraordinario. 

Los diversos cortes de audio que Oriol había preparado y ordenado fueron revelando qué es una muerta lúcida. Las palabras de Ramón, hablando sobre la enfermedad y su proceso, sobre su cuerpo dolorido, sobre la familia, sobre su identidad como persona, sobre su dimensión espiritual, sobre la búsqueda de la paz, sobre tantas cosas en lo que parecieron demasiado escasos minutos, destilaban sabiduría, serenidad y autenticidad por todos sus poros. Y tal vez, por encima de todo, credibilidad, consciencia total de lo que se está diciendo, expresión de un trabajo elaborado a lo largo de toda una vida (corta y aprovechada vida), y por eso, por ser creíble, más conmovedora e impactante.

La temperatura emocional dentro del estudio, esa que no se ve al escuchar la radio, pero que se puede intuir en un segundo nivel distinto a lo que se oye, fue subiendo rápidamente. El programa fluía magníficamente conducido y engarzado por Oriol, al tiempo que unos ojos enrojecían, otros dejaban ir las primeras lágrimas, un pañuelo de papel cómplice era deslizado bajo la mesa, mientras la voz de Ramón seguía mostrando con una generosidad abrumadora cuán valioso puede ser el legado que deja quien se va para quienes se quedan. Nuestras humildes aportaciones poco podían añadir, pues eran ampliamente superadas por el testimonio original. No, esta vez no nos íbamos a quedar cortos, ni estábamos pasando de puntillas, porque Ramón nos había permitido asomarnos a su impresionante experiencia interior

Y ya apurando la grabación, hacia el final, un mensaje para quienes atendemos a los enfermos al final de la vida, quienes podemos estar entre los últimos rostros que contemple el enfermo. Recogido, Ramón. Cuánta razón tienes. Y debo decirte que tanto para mí como para tantos y tantos profesionales que un día nos embarcamos en esta tarea tan maravillosa, es un verdadero privilegio poder acompañar a las personas al final de sus vidas.

Acabado el programa, nos costó despedirnos, era como si quisiéramos prolongar aquel momento de comunión que habíamos experimentado.

Gracias, Ramón, por tu generosidad, y por darnos la oportunidad de escucharte. Gracias, Oriol, por invitarme. Y gracias a Radio Estel, por hacer programas valientes como éste, que quedará en mi memoria por mucho tiempo.

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