La pobreza de las disyuntivas

Parece que cuando alguien tiene la oportunidad, como asistente a una conferencia, o como periodista que realiza una entrevista, de formular cuestiones a un médico que se dedica a los cuidados paliativos, surge incontenible la tentación de hacer una pregunta que no por esperada es menos incómoda, y más para responder ante una audiencia o comunidad de lectores: el posicionamiento ante la eutanasia. Quien leyera la contraportada de El Periódico del pasado 5 de mayo lo puede comprobar al final de la entrevista.

 

La incomodidad no viene dada por lo que uno piense o tenga reflexionado y elaborado, que es mucho (malo si no fuera así en una profesión como ésta). El problema es que la pregunta lleva implícita una disyuntiva, si estás a favor o en contra. Y entonces,  ya está armado el lío. No se espera una disertación, ni una reflexión, tampoco hay tiempo para oírla ni espacio para incluirla en la entrevista. Por tanto, el sí o el no acompañados de alguna frase complementaria en realidad son inútiles, por insuficientes.

 

Y lo peor, como siempre, es la supuesta carga suplementaria de orden político, ideológico, religioso e incluso moral que conlleva una u otra respuesta. Y eso, ¿a santo de qué? La eterna pobreza de las preguntas disyuntivas, esa hemiplejia moral que Ortega y Gasset calificó con su contundencia habitual de imbecilidad. El filósofo se refería a las derechas y las izquierdas, pero el concepto podría extrapolarse a cualquier otra cuestión que converge en el lamentable “o estás conmigo o estás contra mí”. Y tenemos muchos ejemplos a diario en los medios.

 

Dijo Voltaire que “la duda es un estado incómodo, pero la certeza es un estado ridículo”. Al hombre se le concedieron la razón y la inteligencia para utilizarlas. Y eso requiere un esfuerzo. Y un poco de humildad. A estas alturas, quien aún se empecina en que su verdad es absoluta y sin espacio aunque sea para un poco de la verdad de quien defiende otra cosa, o es un ignorante que aún está en la etapa más oscura de la evolución humana, o es un malvado que sencillamente juega con las disyuntivas para movilizar a los demás hacia sus intereses. Cualquier acto de campaña electoral ofrece una aplastante exuberancia al respecto.

 

Cuando esa pobreza de argumentos se atreve a meterse en terrenos de sufrimiento personal como la enfermedad y la muerte, siento una profunda indignación. Se hace demagogia con todo, y hay muchos otros colectivos sufrientes que también son utilizados (los que son desahuciados de sus casas, los jubilados, los inmigrantes, los pequeños autónomos, y un sinfín de personas a quien el sistema promete mucho y les quita mucho más), pero la tan traída muerte digna está de moda, y deben pensar que es rentable posicionarse siempre contra la posición del otro. Y les oímos prometer leyes, más leyes, para pretender dirigir hasta cómo y dónde hemos de morir, en ese proceso de expropiación de la salud (y de la muerte) del que hablé en mi anterior artículo.

 

Para lanzarse a tumba abierta a hablar de cualquier tema “sensible”, antes hay que bajar a la arena, para saber y entender de qué se habla. Y si no se sabe, mejor callar, es el mejor modo de no meter la pata ni quedar en evidencia (cosa que les da igual). Porque si no lo que se hace es aumentar la confusión, que ya es mucha, entre la población, generar expectativas falsas, y complicar todavía más la tarea de los que sí estamos en la arena tratando de dignificar y dar calidad y confort al tramo final de vida de las personas que atendemos.

 

Detrás de cada situación en que surge una hipotética petición de “acabar”, que a menudo esconde otras muchas peticiones más complejas, que al no ser abordadas desembocan en el que parece el único camino posible para el enfermo, hay una persona que sufre, con una historia de vida, con unos familiares y acompañantes que están experimentando su propio proceso, y unos profesionales que tienen la obligación de estar preparados para atender la complejidad de forma individualizada y sin ignorar (porque no pueden) las reglas del juego que marca la ley. Pero nunca hay que ampararse en la ley para obviar la reflexión y el ejercicio de acompañar y atender a la persona que sufre, del mejor modo entre los posibles.

 

No, no es una cuestión de sí o no, de a favor o en contra, es bastante más complicado, es una cuestión de respeto al sufrimiento de las personas, y de compromiso e implicación de las familias y cuidadores del enfermo y de los profesionales que les asisten, para no ahorrar esfuerzos entre todos en hacer de cada proceso de final de vida un último episodio único e irrepetible, que no es para nada una decisión ni una práctica legal, sino por encima de todo una universal experiencia humana. 


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