Despedirse

No me gustaban las despedidas. Hasta que me di cuenta de que eran necesarias. Hasta que me di cuenta de que había algo peor que despedirse, y eso era, precisamente, no despedirse.

 

No, no nos gusta despedirnos. Nos confronta con aquello que vamos a perder (por un tiempo o para siempre), o con aquello que ya hemos perdido. Nos somete a una emoción con la que convivimos mal, la tristeza, y para evitar sentirla, para evitar sentir incluso cierta angustia, o que las lágrimas nos humedezcan los ojos, preferimos saltarnos el mal trago.

 

El paradigma de la pérdida es la muerte de un ser querido. Ahí, las despedidas, aún en vida, o definitivamente tras el fallecimiento, deberían tener todo su espacio y protagonismo, porque no habrá segunda oportunidad. Por eso, por su extraordinaria importancia, los rituales funerarios han tenido presencia a lo largo de la historia, con diferentes formas de expresión en base a las distintas culturas. 


Pero nuestra sociedad en buena medida nos ha expropiado de todo ello, imponiendo un modelo de ritual que facilita que los dolientes se limiten a colocarse sobre la cinta transportadora para dejarse llevar, y con ellos quienes les acompañan, que tienen a su disposición el catálogo de buenas maneras. La parte positiva es que ahorra preocupaciones a quienes están impactados por la pérdida. La lástima, es que traduce toda una cultura (o descultura) dominada por el miedo a la muerte y a los muertos.


No hace mucho he tenido ocasión de ver una magnífica película, “Despedidas” (Departures, de Yojiro Takita, 2.008). Cargada de belleza y poesía, es cierto que está enmarcada en una cultura, la japonesa, que poco tiene que ver con la nuestra. El ritual que se realiza con el cadáver suena anacrónico incluso allí. Pero me ha servido para contactar con lo que es el estricto respeto al cuerpo aún sin vida, y para comprender lo importante que pueden llegar a ser los detalles de su preparación para los familiares. Cuánta dignidad merecedora de ser cuidada con delicadeza. Contrasta profundamente con el pragmatismo occidental, que a menudo quiere ir por el camino más corto, eliminando todo lo que le parece accesorio, y en el que hay poco espacio para la elección y la libre expresividad. Y me parece que es una pena, y que nos empobrece.

 

Hay demasiado miedo, demasiada falta de costumbre porque la cosa ya viene de muy lejos. Se ha instalado la prisa por llamar a los servicios funerarios a la mayor brevedad para que desalojen lo antes posible, bien la cama de un hospital, bien la propia cama del difunto. No somos capaces de contemplar el que identificamos con el rostro de la muerte, porque no somos capaces de seguir viendo el rostro de la persona amada.

 

Despedirnos es no dejar nada por decir. Despedirnos es mostrar a quien se va lo que ha significado para nosotros (y mucho mejor si lo hacemos aún en vida), es homenajear su legado, es expresar nuestros sentimientos. Despedirse implica aceptación de la pérdida, la que está al llegar, o la que ya se ha producido. Y la aceptación de la pérdida es el primer paso para iniciar el proceso de duelo. Por eso es tan importante que a las personas no se les escatime la verdad de lo que está sucediendo, por temor a hacerles daño, porque se les causará un daño retardado aún mayor.

 

Hace poco alguien me preguntaba si mi trabajo me había hecho menos sensible a la muerte. En absoluto. La empatía con lo que sucede guardando la distancia adecuada se incrementa a medida que se acepta e integra, y cuando me toca de cerca, no me ahorra el dolor, ni el miedo, ni la tristeza. De igual modo, las despedidas siguen sin gustarme, me siguen entristeciendo, pero ni se me pasa por la cabeza evitarlas. Y me alegro de que así sea.

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