Algunos hombres buenos

No sabía quién era Nicholas Winton. Ni tampoco conocía su extraordinaria historia. Como seguramente tampoco conocería la de Oskar Schindler si Spielberg no la hubiera llevado al cine. Pero, posiblemente por su reciente fallecimiento, ni más ni menos que a los 106 años de edad, han circulado por la red algunos vídeos que han despertado mi interés.

 

En 1.939, en vísperas del estallido de la segunda guerra mundial, Winton organizó el salvamento de cerca de 700 niños judíos, refugiados, que fueron trasladados desde Checoslovaquia (a punto de ser invadida por los nazis), donde les esperaba una muerte casi segura, hasta Inglaterra. Contó con la colaboración de múltiples familias que financiaron los viajes y acogieron a los niños. Después de la guerra, la mayoría pudieron rehacer sus vidas. Pero se lo debían a Nicholas, y a todas las personas que lo hicieron posible. 

 

La historia permaneció 50 años en el anonimato. Así suele ocurrir con el bien, y con quienes hacen el bien. Actúan con generosidad, sin medir ni calcular, sin esperar nada a cambio, impulsados a ayudar a sus semejantes. Y lo hacen con la naturalidad de quien no entiende que se le dé luego tanta importancia a su obra admirable. Es conmovedor ver cómo se sorprende y emociona porque sin él saberlo le han reunido en una sala a docenas de supervivientes de aquellos niños. Y también es conmovedor verle y oírle en una entrevista de la BBC, porque todo él destila humanidad, bondad, y un limpio sentido del humor. Pero también desesperanza por el género humano, que no ha aprendido nada. Seguimos teniendo la oportunidad de cambiar las cosas, pero hacen falta ética y compromiso”, y Nicholas no las ve por parte alguna.

 

Y, ahora que Europa está mostrando su pasividad y cicatería, a nivel gubernamental y de los Estados, ante el inmenso y desbordante drama de los miles y miles de refugiados de guerra que se hacinan donde pueden, me pregunto si sería posible una historia como la de Nicholas. Y sospecho que no.

 

Estamos contemplando cómo mientras los gobiernos se discuten y pelean y se llenan la boca de planes futuros de repartos y proporciones, hacen el ridículo y no son capaces de llegar a acuerdo alguno mientras la gente sigue sufriendo, y muriendo. Mientras tanto, son las personas individuales con nombres y apellidos las que pasan a la acción, y acuden con alimentos, botellas de agua, mantas, y lo que se les ocurre, para intentar paliar mínimamente tanta necesidad y vergüenza concentradas, o se juegan el tipo en las playas para rescatar a los que van llegando.

 

Quién sabe, tal vez si de las familias e instituciones no gubernamentales (ONGs de todo tipo y color, asociaciones, comunidades religiosas, etc) dependiera, es posible que buena parte de los refugiados pudieran estar ya acogidos o en vías de estarlo. Pero me imagino las interminables, surrealistas y desesperantes barreras administrativas y burocráticas que bloquearían o demorarían cualquier acción de este tipo. Me imagino el inacabable vía crucis que puede suponer que una familia refugiada sea acogida por otra familia y no amontonada en un campo de refugiados o peor en un centro de internamiento. Me imagino que quien se salte las normas y se arriesgue a ser generoso primero y preguntar después puede ser sancionado y hasta acusado de algún delito contra la seguridad, pues el miedo al diferente nos hace ver fantasmas donde solo hay personas que sufren.

 

En un país donde cambiarse de compañía telefónica, abrir un negocio, y ya no digamos heredar cualquier cosa, pone a prueba la resistencia psíquica del más equilibrado, no puede esperarse facilidad alguna de la Administración. Lo que se haga, si se hace algo, será demasiado lento, y demasiado tarde para muchos. Siempre llegamos tarde. Especialmente los que mandan.

 

No, me temo que una hazaña como la de Nicholas Winton ahora sería imposible. Seguramente no se lo permitirían. Antes abrirían una comisión que estudiaría la posibilidad de establecer un calendario de reuniones de trabajo en las que se establecerían las bases de un futuro acuerdo en virtud del cual previamente se negociaría y debatiría… Como en la canción de Serrat. Qué bien los retrataste, maestro.

 


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