Lo esencial de "Ser mortal"

Lo primero que quiero decir acerca de “Ser mortal”, de Atul Gawande (Galaxia Gutenberg), es que es un libro muy pero que muy recomendable, y un libro que merece no solo ser leído sino marcar numerosos párrafos y páginas para ser releídos y reflexionados una y otra vez.

El contenido no me ha sorprendido. A los que llevamos años en cuidados paliativos posiblemente no nos aporta muchas ideas nuevas, puede que todo o casi todo nos suene, porque ya lo hemos leído, o pensado, o incluso escrito. Pero aún así debo reconocer que el autor acumula una verdad detrás de otra en un ejercicio de honestidad y contundencia que le lleva a unas conclusiones valientes y en cierto modo desafiantes.

Ahora bien, para el resto de lectores no habituados al ámbito de los cuidados paliativos y/o la visión holística de la atención a las personas, “Ser mortal” puede suponer un auténtico impacto. Constatar de forma tan clara y lúcida lo que sucede con el proceso del envejecimiento, de enfermar, y de morir, las expectativas irreales que acerca de ello se ha formado el ser humano en esta época de la historia, y la gravemente equivocada manera en que las necesidades de las personas son atendidas, o desatendidas (sería más correcto) por el sistema, puede acabarse experimentando como una especie de cuento opresivo y terrorífico. Sobre todo, porque huele extraordinariamente a cierto y verdadero.

El fracaso asistencial

 

El estrepitoso fracaso de la medicina y de las instituciones en la forma de atender a quienes envejecen y se hacen progresivamente dependientes es descomunal. El modelo se centra en la seguridad, en el control, en la reducción de riesgos, y en la prolongación de la vida, teniendo en cuenta los deseos y prioridades y valores de todos los que intervienen (profesionales, funcionarios, familiares, etc), excepto los del propio protagonista, cuyas prioridades no solo se ignoran sino que se muestra una cerril incomprensión hacia su presunta existencia. Una máquina de generar infelicidad.

Y ese fracaso se extiende de forma aún más alarmante sobre quien camina hacia la muerte (si le dejan), sin percibir que la perspectiva del enfermo, ya con conciencia de finitud, no coincide para nada con la de quienes le atienden o rodean. Ya lo denunció Tolstoi hace 130 años en su genial novela (La muerte de Ivan Illich), pero parece que la mayor parte de la humanidad no se ha enterado.

 

La esperanza

Lo bueno es que el autor muestra el camino, y también pone evidencias sobre la mesa. Nuestra mirada sobre el ser humano dependiente, sobre el enfermo, y sobre el moribundo, debe cambiar. Ya. Los cuidados paliativos son la avanzadilla de un cambio que debe ir mucho más allá. Su eficacia estadísticamente demostrada en mejorar la calidad de vida, reducir costes, e incluso prolongar la supervivencia, es incuestionable. Como dice Gawande, "uno vive más solo cuando deja de intentar vivir más."

Y una última perla demoledora, sobre el poder y la eficacia de la buena comunicación: "Si las conversaciones sobre el final de vida fueran un fármaco experimental, la FDA lo aprobaría."

 

Vayan todos tomando nota. Si quieren que lo que realmente les importe al final de sus vidas sea tenido en cuenta, empiecen a empujar para el cambio. Leer este libro puede ser un primer paso.

 


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