¿Quién da las gracias a quién?

Llevaba poco en esto de los cuidados paliativos cuando conocí a Josep Mª. Lo visité semanalmente en su casa durante casi seis meses, tiempo suficiente para establecer una cordial relación de confianza. Era un hombre afable, actor de profesión, que lo ponía todo fácil, y al mismo tiempo marcaba con claridad los límites. No necesitaba verbalizar lo que él sabía y yo sabía y todos sabíamos. Pero ni hablar de ir arriba y abajo, ni hablar de hospitales, ni de transfusiones, ni de marearlo. Que lo cuidaran en casa, donde ya estaba bien, no quería ni pedía más. Eso requirió trabajo suplementario con su familia. Y se respetó su voluntad.

Un día, en la que fue la última visita, lo encontré en su cama, arrebujado y encogido sobre sí mismo, vuelto de cara a la pared contraria, dándome la espalda a mí y al mundo, en un gesto de despedida elocuente. Silencioso, adormilado, sin responder, con una respiración pesada, Josep Mª parecía que ya sencillamente esperaba que la muerte viniera a buscarlo. Pero estaba tranquilo y lo que no necesitaba eran preguntas ni que le alteraran esa posición que exprimía un último y precario momento de bienestar a la vida.

Probablemente no volvería a verlo. Me tocaba despedirme. Siempre lo hago, de un modo u otro. Y no se me ocurrió otra cosa que inclinarme sobre él, poner mi mano sobre su hombro y murmurar de forma casi inaudible, como para mis adentros, un “vete en paz, Josep Mª, que tengas buen viaje”. Me incorporé sigilosamente, y tras una pausa, y cuando ya recogía mis cosas, le oí decir: "Gracias, muchas, muchas gracias”, que era lo más claro que había dicho en toda aquella visita. Confieso que me sentí algo descolocado.

A todos nos gusta que nos den las gracias, pero la verdad es que, situaciones como la descrita, a mí, con el paso de los años, cada vez me generan un sentimiento más extraño, y me veo en la necesidad de manifestar, de forma audible o en silencio, mi propio agradecimiento. No sé, sinceramente, quién tiene más motivos. Porque es un privilegio que nos dejen entrar en su intimidad, acompañarles, y compartir su miedo, su angustia, su tristeza, o su conformidad, o su plenitud. Por eso, si me dan las gracias, de palabra o de gesto, solo me quedo en paz si yo, de una u otra forma,también las doy .


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