La elocuencia del silencio

El silencio en compañía nos incomoda. Nos violenta. No se tolera fácilmente. 

En múltiples situaciones cotidianas, nos vemos empujados a interrumpirlo, a rasgarlo, como sea. Una frase hecha, un carraspeo, un tintineo de llaves, cualquier treta es válida con tal de no oír el silencio.

Pero el silencio, ciertamente, cuando se sostiene, porque está arropado por una relación de confianza, o incluso amorosa, no incomoda. Solo es eso, silencio, ausencia de sonidos, ausencia de palabras. Pero no ausencia de comunicación. En absoluto. El silencio habla. El silencio acompaña.

El silencio, bien empleado, es un arma poderosa, y una herramienta de comunicación tan valiosa como el más brillante discurso. No estamos obligados a responder a todas las preguntas, y hacerlo con un silencio, puede ser la mejor y más honesta respuesta.

En un domicilio:

            —Le he preguntado a la doctora si me estoy muriendo.

            —Y ¿qué te ha contestado?

            —Nada. Se ha quedado callada.

— ¿? 

—Le he dicho que con su silencio ya me había respondido.

Hay preguntas, comprometidas, embarazosas, que se responden mejor con un silencio, que da paso respetuosamente a la verdad que el otro, en realidad, ya conoce. Pero hay que saber sostenerlo, y no llenarlo impulsivamente de palabras vanas y huecas porque son mentira o porque no son capaces de expresar la verdad.

En una habitación de hospital:

            —¿Cómo estás, Joan?

            —Estoy.

—¿Cómo lo ves?

—Esto se acaba, ¿verdad?

—…

—Doctor, que no se alargue. Yo ya lo he hecho todo. Tengo 85 años, tengo unos hijos estupendos, sé que cuidarán de mi esposa, he sido feliz, pues ya está.

Joan se fue en paz a los pocos días. Su esposa fue, efectivamente, bien cuidada por sus hijos, y acompañada por nosotros un par de años más tarde hacia su final, también en paz.


Enter your email address:

Delivered by FeedBurner


Escribir comentario

Comentarios: 0

Contacto

Atención: Los campos marcados con * son obligatorios.