Los niños y la muerte

Una sociedad que probablemente sobreprotege en exceso a sus niños no es de extrañar que quiera igualmente protegerlos de su mayor tabú: todo aquello que tiene que ver con enfermedad y muerte.

Con los niños se suele hacer lo mismo que con los propios pacientes que están agotando su paso por la vida, se les pretende apartar de la verdad, con la mejor de las intenciones. Igual que con los que van a morir, subestimamos su propia capacidad de afrontar, a su manera, los acontecimientos, y decidimos que no oigan, que no sepan, que no vean, en la fantasía de que eso les ahorrará el sufrimiento. 

La muerte ha sido secuestrada de la cotidianeidad, los enfermos al hospital (o a residencias y similares), los difuntos al tanatorio y cuanto antes. En casa no, por favor. El modelo se ha implantado como normal (¿quién ha dicho que eso es lo normal o natural, y mucho menos que sea lo mejor?) y los que tienen el valor de tener y cuidar a su familiar en casa, o velar al difunto en su propia cama, aunque haya niños de por medio, pueden encontrar mucha incomprensión y poco apoyo.

Un niño puede llegar a adulto habiendo presenciado cientos de muertes televisivas, o administrado otros cientos de muertes virtuales en sus juegos y tiempo de ocio, pero sin haber tenido contacto próximo con la muerte de alguien real. Porque cuando el abuelo enfermó, nadie se lo explicó, se le dieron evasivas cuando preguntaba por él; cuando el abuelo ingresó muy grave en el hospital, nadie se lo explicó, o nadie le preguntó si quería ir a verlo aunque estaba muy enfermo; cuando el abuelo falleció, nadie le preguntó si quería verlo en el tanatorio (porque primero había que decirle que el abuelo había muerto); cuando a los pocos días le dijeron con eufemismos que el abuelo se había marchado para siempre, no entendió nada. 

En este contexto, el niño queda aislado, apartado, pero su intuición le grita al oído que algo ocurre, ve caras de tristeza, oye frases que no acaba de comprender. Su imaginación entrará en juego para rellenar los huecos, y construirá una explicación que podría ser mucho más dañina que aquello que quieren evitarle.

Porque posiblemente, si le hubieran explicado que su abuelo estaba muy enfermo, y le hubieran preguntado si quería verlo, hubiera dicho que sí, y hubiera querido participar (a su modo) en su cuidado, o llevarle un dibujo para animarlo; y al saber que el abuelo había fallecido y no lo vería más, tal vez le hubiera gustado verlo por última vez, o hubiera necesitado un ritual de despedida adaptado a su edad. 

A nadie le gusta ver llorar de pena a sus hijos. Pero es necesario superar nuestro propio miedo, asumir que no es malo que contacten con nuestra aflicción, no es malo que sientan su propia tristeza, no es malo que hablen y pregunten. Necesitan mensajes claros, inteligibles a su nivel, saber hasta donde quieran y necesiten, y poder elegir. Y entonces, a menudo nos sorprenden, y comprendemos que debía ser así, y que no les podíamos escatimar esa vivencia. Claro que, mientras eso sucede, necesitan sentirse arropados, sentir nuestro amor y afecto, sentirnos a su lado, eso sí aliviará su sufrimiento. Sentirán dolor por la pérdida, pero la aceptarán mejor y podrán hacer su propio duelo.

Comunicarse. Hablar con ellos. Aunque duela. Y si no se sabe cómo hacerlo, pedir ayuda y orientación, a profesionales, o a quienes ya lo han experimentado y saben que es mejor así. Nadie dice que no sea doloroso, porque toda pérdida lo es. Pero les facilitará su crecimiento como personas, y cuando sean adultos posiblemente tengan más normalizado el hecho de que la muerte (la real) forma parte de la vida, y eso les ayude en su propia vida, y a saber acompañar a los que se vayan marchando.


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