Cuando el paciente dice que ya tiene suficiente

Ya hace unos cuantos años que se introdujo legalmente la posibilidad de que un paciente rechazara un tratamiento, de forma libre y tras ser debidamente informado. Lo que era de sentido común requirió el respaldo de la ley, cuando aún pesaba (y sigue pesando) el modelo paternalista en el que tantas generaciones de médicos han sido formados.

Pero todavía sigue chocando que ante una situación de enfermedad grave un enfermo le diga al médico que ya tiene suficiente y que prefiere no ser sometido a tratamientos que van a deteriorar su calidad de vida (la que le queda) y no van a cambiar el rumbo de la enfermedad, hacia un final que se siente próximo.

Y digo que sigue chocando porque, además de generar inquietud y a veces incomprensión en su entorno más próximo, el paciente puede encontrarse con la reacción del médico.

Truman

Truman”, de Cesc Gay, es una excelente película, magistralmente dirigida e interpretada, y con un guión inteligente y equilibrado. Pero uno de los detalles que me llamó la atención fue, precisamente, la actitud del médico que atiende al protagonista.

La decisión de Julián sorprende (hasta cierto punto) al médico, no era ese su plan, no está de acuerdo, pero acepta con honestidad la argumentación de su paciente, y respeta la decisión. Y cuando se despide de él, le ofrece que venga a verle en unos días para ir siguiendo su evolución. La relación de ayuda no ha terminado. Como oncólogo, ya no le administrará más tratamiento. Como médico, seguirá a su lado por si lo necesita

No abandonar nunca al paciente

Me gustaría que siempre fuera así. Me gustaría que nunca sucediera que el paciente, al manifestar que ya tiene suficiente, y no seguirá el tratamiento propuesto, recibe a cambio frialdad, crítica velada o explícita a su decisión, cargas de profundidad que ahondan en un precario sentimiento de culpa, y lo peor de todo, un virtual portazo en las narices.  

Que un enfermo decida no seguir nuestras indicaciones no nos libera de nuestro deber de no abandonarlo. Y es que aquello de “si no va a hacer el tratamiento, no hace falta que vuelva” o, “si cambia de opinión, ya volverá” o, más finamente, “entonces ya no puedo hacer nada por usted”, no es más que un abandono. Porque, cuanto menos, hay que indicar cuál es entonces el mejor camino, qué hay que hacer, a quién dirigirse, y no dejarlo a la deriva y sin rumbo, porque en muchos casos el paciente, y su familia, no saben ni lo que va a ocurrir ni quién los puede atender mejor. No lo saben. No tienen por qué saberlo. Uno no se muere todos los días.

Los pacientes no vienen a vernos por gusto, ni para gustarnos, ni para obedecer y callar. Eso ya es historia. Necesitan de nuestra ayuda, en forma de ciencia y conocimiento, en forma de orientación y acompañamiento. Y cuanto más vulnerables, cuanto más cerca de la muerte, más nos necesitan como personas.


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