Cuando el médico teme haberse equivocado

Acudió al domicilio a visitar a uno de sus pacientes. La esposa había llamado porque su marido decía encontrarse mal. El médico entró en aquel hogar que conocía bien. Lo habitaba un matrimonio mayor, sin hijos, que se tenían el uno al otro, y tenían a su médico de confianza para cuando su salud daba algún que otro bandazo. Hasta aquel día, esos bandazos no habían tenido excesiva trascendencia, y todo se había ido trampeando sin grandes sobresaltos.

Don … estaba en la cama, algo inquieto, porque la inactividad obligada le irritaba, y ponía en solfa a su sistema nervioso que a su vez pinchaba a su tensión arterial para elevarse por encima de las cifras que marcaba la prudencia. No explicaba nada de particular, malestar, no estoy bien, me siento raro, pero nada más. No había dolor, ni ahogo, ni fiebre, ni ninguna otra señal de alarma ni en lo que el enfermo explicaba ni en los datos que el médico recogió en la cuidadosa exploración.

Pero algo no estaba bien. Porque Don… no era de los que guardaba cama sin más. Y ese algo no le permitía al médico quedarse tranquilo. No había argumentos de peso objetivos para derivarlo a un servicio de urgencias, y el paciente no quiso ni oír hablar de ello. Acordaron esperar, ellos no estaban preocupados, o no lo mostraban. El médico lo estaba un poco, pero tampoco lo quería mostrar.

Indicó unas medidas básicas de cuidados, unos ajustes de medicación, que le avisaran si había alguna novedad, y que volvería al día siguiente a visitarlo de nuevo. De momento, no tenía diagnóstico.

Aquella noche el paciente sufrió una crisis aguda y falleció presumiblemente de un infarto. No tenía antecedentes. No hubo tiempo de hacer nada. A la mañana siguiente, la esposa comunicó la terrible noticia al médico.

Y aparecieron los fantasmas. ¿Qué había sucedido? ¿Se había equivocado? ¿Debería haberlo derivado a urgencias en lugar de ser conservador? ¿Habría podido evitar aquella muerte tomando una decisión diferente? Impactado por un amenazador sentimiento de culpa, y triste pensando en la viuda, que ya no acudiría más veces a la consulta acompañada de su risueño esposo, pasó un par de días entre nubarrones y pensamientos funestos. Sintió toda su vulnerabilidad, su pequeñez, su inseguridad. Sintió el peso de la profesión.

A la semana siguiente, ella acudió a la consulta. El médico, nervioso, la recibió tratando de mantener la compostura, sin saber muy bien qué decir. Pero no se podía quedar con aquello dentro. Y al tiempo que notaba una humedad en sus ojos que le traicionaba, le manifestaba torpemente a la viuda su pesar por lo ocurrido. Y ella, aún en su dolor, leyó entre líneas la congoja que oprimía a quien seguía siendo su médico de confianza, y también entre lágrimas, le liberó. No doctor, ni por un momento se me ha pasado por la cabeza que haya sido culpa suya. Cómo iba usted a saber lo que iba a ocurrir. 

Y el médico, aliviado solo a medias con aquellas generosas palabras de su paciente, cargó aquella nueva factura emocional en la cuenta que acumulan los profesionales con la suficiente humildad como para tomar conciencia de que son, sencillamente, seres humanos.


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