La aventura del crecepelo

El doctor llegó al domicilio de Don José a realizar la visita quincenal de control. Don José era, lo que se dice, un insurrecto, un paciente que mostraba aversión a cumplir las órdenes médicas o los simples consejos, y que gastaba auténtica mala leche cuando se le llevaba la contraria. Y, también era cierto, a veces no hacía caso de las recomendaciones porque sencillamente se olvidaba de ellas, a causa de que en su en otro tiempo ágil cerebro empezaba a anidar la semilla de la demencia.

Vivía con una cuidadora, que hacía lo que buenamente podía para ocuparse de su higiene, sus glucemias, su alimentación, y evitar caídas u otros percances domésticos, propios de quien vive en el desorden y el caos y le da absolutamente igual.

Tras realizar la visita, revisar las novedades de la semana, y explorar al paciente en su deshecha cama, el médico se sentó a escribir sus notas. La pequeña mesa del comedor ofrecía una superficie pringosa, con restos del desayuno y manchas diversas, pero no había otro lugar donde apoyarse. Ya estaba acostumbrado. Mientras escribía, oyó que Don José le decía:

“Si no se cuida ese cabello, se va a quedar calvo”

El médico no le prestó atención. Otra majadería más de Don José. Sí le vino vagamente a la memoria que un día le había hablado de su antiguo negocio de cosmética capilar, pero siguió con sus anotaciones mientras Don José se levantaba de la silla y desaparecía de su ángulo de visión.

De repente, por el rabillo del ojo apreció que Don José venía hacia él por su espalda, y sin tiempo a reaccionar, notó que le vertía un líquido sobre su cabeza mientras proclamaba:

“Ahora me toca trabajar a mí”

Y Don José fue esparciendo el líquido por el cuero cabelludo del estupefacto doctor, que se quedó quieto sin saber qué hacer, y veía ante él a la cuidadora ahogándose de la risa pero sin atreverse a decir palabra ni pararle los pies a su patrón. Y Don José a lo suyo, restregaba y frotaba el milagroso líquido a la vez que alababa las propiedades de aquel producto magnífico que en su día había comercializado, y que ahuyentaría la amenaza de la calvicie de la testa de su estimado doctor.

Finalizada la operación, y cuando el pobre doctor tenía ya la cabellera como la del mismísimo Beethoven, le entregó un peine y le invitó a acicalarse frente al espejo de su exiguo cuarto de baño. Allí, el doctor, pensando esto solo puede sucederme a mí, y no sin cierto reparo hacia el peine prestado, puso sus cabellos en orden mientras chorreaba crecepelo por las sienes y el cogote.

Aún bajo los efectos de la sorpresa, y tras dar las instrucciones pertinentes a la cuidadora, ajustando las dosis de insulina y la medicación, el médico se encaminó a la salida del domicilio, con un humor confuso. Se había sentido ridículo, pero tampoco acertaba a estar enfadado con Don José. Ya en la puerta, el anciano le entregó una bolsa de plástico usada del supermercado que contenía dos cajas enteras de botellines del producto. Se lo regalaba, para que se cuidara el cabello, que él sabía de eso, y le indicó y explicó cómo debía usarlo y con qué frecuencia. Y el doctor se marchó, a realizar las siguientes visitas de la mañana, cargando con los botellines, generosa ofrenda de un peculiar paciente, que resultó ser profeta.


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