Prótesis de cadera a título póstumo

A estas alturas, tras más de 25 años de profesión, pocas cosas pueden sorprenderme. Pero lo que no puedo evitar es que me sigan indignando. Y por mi dedicación a los cuidados paliativos, y por tanto a una fase determinada de la vida de las personas, me sigo topando con situaciones que a la luz de la razón constituyen auténticos atentados contra cualquier cosa que se parezca al sentido común.

Las cifras de la vergüenza

Si un día alguien se atreviera a hacer un macroestudio, incluyendo múltiples centros hospitalarios de nuestra variada geografía, en el que se revisaran y contabilizaran la infinidad de procedimientos diagnósticos y terapéuticos a que son sometidas las personas ingresadas en su última semana de vida, sospecho que los resultados serían absolutamente insoportables, imposibles de defender desde óptica alguna, y vergonzantes para ese sistema al que llamamos Medicina, una dama confundida y embriagada de posibilidades que hace tiempo que ha perdido el norte.

Y es que, pese a la flagrante y demandada y suplicada necesidad de virar hacia la humanización como prioridad, siguen sucediendo día tras día cosas incomprensibles e injustificables a los moribundos en nuestros hospitales.

Intervenciones quirúrgicas que no llevan a ninguna parte, exploraciones complementarias molestas e incluso agresivas que no van a variar el curso de la enfermedad, extracciones de sangre para realizar analíticas para conocer parámetros que no nos van a hacer cambiar nada, transfusiones repetidas con el único fin de sostener lo insostenible, y eso por no hablar de las quimioterapias administradas en el umbral de la morgue, todo ese cúmulo de despropósitos nos habla de un exceso de dudosa praxis y de indignidad, mucha indignidad.

Pongamos un ejemplo, que resulta paradigmático, por absurdo. ¿Por qué se opera una fractura de cadera a una persona a la que le quedan (con toda probabilidad) días de vida, lo que es una evidencia para los paliativistas que la atienden, o para su médico de cabecera que la conoce desde siempre, o para cualquiera que mirase a la cara al paciente y levantara la vista más allá de la fractura? No solo eso, luego se le darán las pertinentes indicaciones para su rehabilitación, en un ejercicio de ceguera que resultaría insultante si no fuera casi cómico. No lo puedo entender, ni aceptar. Y el ejemplo puede extrapolarse a otras especialidades, por supuesto.

Algún día esto tiene que cambiar

Puede que todo esto suene a exageración, y es obvio que no se debe generalizar ni lo pretendo. Sé que son cada vez más los profesionales que quieren dedicarse a tratar y cuidar personas y no enfermedades, pero también sé que deben enfrentarse cada día a quienes no lo ven así, desde la profesión, o desde la gestión. ¿Cuándo acabará esta locura?

Cada vez que llega a mis oídos un caso concreto, con nombre y apellidos, de un paciente conocido, de un familiar de un amigo, de quien sea, en el hospital que sea, me apena, y me enfurece, porque sería muy sencillo cambiar el sufrimiento innecesario y las malas sensaciones que deja para siempre en los familiares por algo bien distinto, un acompañamiento desde la visión humanizada y desde la competencia profesional en la fase final, que es lo que nos piden y lo que genera mayor satisfacción. 

Es una tarea de todos, los que tratan y los que son tratados, los que cuidan y los que son cuidados. Y también de los que deciden y tienen el poder, y que necesitan a gritos una sobredosis de sentido común y vocación de servir.


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