Los héroes son ellos

Quienes desde los cuidados paliativos nos dedicamos a atender y acompañar a las personas al final de sus vidas, invariablemente oímos cómo nos dicen reiteradamente aquello de cómo podéis o cómo lo aguantáis o de dónde sacáis las fuerzas o cómo no os echáis a llorar.

Impacta nuestro contacto habitual con la muerte, con el sufrimiento, con el dolor de las familias, y si somos capaces de sobrellevarlo y al mismo tiempo hacer bien nuestro trabajo y acompañar de forma honesta, también impacta esa capacidad.

Muchas familias nos ven como héroes, referencias de luz en momentos de oscuridad. Es lógico. Quien ha caído al agua y teme ahogarse venera la mano que le saca del mar. Pero la mano está ahí precisamente para eso, se ha preparado para eso, para ser tendida al que la necesita, luego acogerlo, y abrigarlo con una manta.

También es frecuente oírnos decir (a nosotros) que somos unos privilegiados. Y es verdad. No es falsa modestia. Ni verborrea para endulzar los tímpanos. Hay muchos motivos para afirmar ese privilegio, pero hoy me centro en uno de ellos. 

Es un hecho que las personas dan lo mejor de sí mismas ante las dificultades. Cuando la vida hace cuesta arriba es cuando crecemos como seres humanos, cuando desarrollamos capacidades que ni sabíamos que teníamos. Nadie desea sufrir, por supuesto, pero es ahí, en el sufrimiento, cuando lo más precioso de las personas brilla a través de la tiniebla y la rasga haciendo visible la luz, su luz.

Y es entonces cuando ves la abnegación de una esposa que saca fuerzas de donde no las hay para cuidar a su amado hasta el final, o la serenidad de un enfermo que es capaz de dirigir desde su lecho toda la orquesta y se preocupa de que los instrumentos queden afinados y en buenas manos, o la entereza de unos padres que pierden a un hijo y son capaces de dar un testimonio de humanidad que sobrecoge al más pintado, o la paz que deja otro enfermo como mejor regalo póstumo, o… 

No, no somos nosotros los héroes, son ellos y ellas, personas que nos muestran de qué es capaz el ser humano ante la adversidad, ante el dolor y el sufrimiento. A nosotros, acompañantes circunstanciales, ante su grandeza en la aflicción, no nos queda más que inclinar la cabeza en señal de respeto, y encomendarnos a todos esos recuerdos y experiencias para que, cuando nos toque ocupar su lugar, seamos tan dignos enfermos al final de nuestra vida como lo fueron ellos y ellas, y que haber trabajado en cuidados paliativos sea de verdad un valioso bagaje que nos ayude a lograrlo.


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