Dar la palabra al sufrimiento

Debo reconocer mi natural aversión a los libros de personajes famosos (tertulianos, presentadores, cómicos, deportistas, periodistas, etc) que son abundantemente publicados (y sorprendentemente vendidos). Así está montado el negocio, y da igual si tienen (o no) algo interesante que comunicar, y mucho menos si saben (o no) escribirlo de forma atractiva. En cada efeméride librera acaparan el ranking de ventas (aunque dudo que acaparen el de lecturas finalizadas). Es así y no hay que darle más vueltas.

Por eso cuando alguien me puso en las manos el libro de Andrés Aberasturi y me dijo convencida, “léelo, te gustará”, lo tomé, y lo leí con equivocado recelo inicial.

Sí, equivocado, porque desde la primera página, he caído rendido a los pies del Sr. Aberasturi, de todo el dolor y sufrimiento que transpira el libro, y sobre todo, por la forma tan maravillosa por natural, auténtica y creíble con que lo transmite.

El sufrimiento y el dolor han dado lugar a muchas de las mejores páginas de la literatura. El listado sería inacabable, cada uno tendrá sus favoritos, que le habrán impresionado por el contenido, por la calidad de la prosa, por el momento en que fueron leídos, o por varias cosas al mismo tiempo. Se me ocurre citar, por ejemplo, a C.S.Lewis y “Una pena en observación”, o la bellísima “Señora de rojo sobre fondo gris” de Miguel Delibes, o  “Te lo contaré en un viaje” de Carlos Garrido. Tres historias de dolor y pérdida que dejaron huella en mi particular rincón de tesoros literarios.

Pues he de decir que, para mi sorpresa, desde la sencillez, y tal vez precisamente por eso, “Cómo explicarte el mundo, Cris”, va a ocupar también su pequeño espacio.

Dice en el prólogo Javier Sádaba que un libro como éste no soporta un prólogo. Creo que tampoco soporta un comentario. No hay nada que añadir, ni que decir. Es el llanto de dolor de un padre, por su hijo, por la injusticia, por ese mundo infame en el que vivimos todos. Andrés no se centra en su dolor, no, lo expresa, pero en todo momento levanta la mirada hacia el dolor de los demás, de tantos y tantos padres, por tanta y tanta injusticia. Es un dolor compartido, solidario.

No pretende filosofar, ni endulzar, ni buscar explicaciones, ni revolcarse en la autocompasión. Únicamente da la palabra al sufrimiento, para que hable, sin más, sin concesiones, en su nombre propio (el del dolor), en el del autor, y en amorosa delegación implícita en el de su hijo, aunque sea un misterio.

Hay episodios tremendos, y por citar, citaré dos, el de la decisión, y el de las lágrimas. No los comentaré. Quien lo lea (o usted, Sr. Aberasturi, si lee este artículo) lo comprenderá. Cuánta dignidad, cuánta humanidad, cuánto sufrimiento, pero por encima de todo, cuánto amor.

Muchas gracias, Andrés, por compartirlo.



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