Saramago y las frases de efecto

Profeso una profunda admiración por la obra de José Saramago, una extraordinaria combinación de lucidez y belleza en el uso de las palabras, esas “piedras puestas atravesando la corriente de un río para que podamos llegar a la otra margen.”

Hay un fragmento de “La caverna” en la que arremete contra lo que él designa como frases de efecto, de las que dice ser “una plaga maligna de las peores que pueden asolar el mundo.”  De esas “jocosamente llamadas pepitas de oro” hay dos en las que he sentido una casi maligna complicidad con la crítica mordaz a que las somete.

“Decimos a los confusos, conócete a ti mismo, como si conocerse a sí mismo no fuese la quinta y más dificultosa operación de las aritméticas humanas.”

Cierto. Y certero. El “conócete a ti mismo” ha proliferado en todo tipo de libros (mal llamados de autoayuda), publicaciones, blogs, cursillos, etc, como si fuera la panacea para liberarse de todos los males y de la angustia a que nos somete un modelo de sociedad absurdo al que le tiemblan todos los cimientos. Conocerse a sí mismo es necesario (y muy recomendable), pero es una tarea titánica que dura toda una vida sin completarse y que requiere bastante más que una fácil lectura de un superventas.

 “Decimos a los abúlicos, querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen invirtiendo todos los días la posición relativa de los verbos.”

Demoledor. Y nada aleccionador. Tal vez excesivo. Pero, la verdad, el abuso del “querer es poder” a todos los niveles no solo creo que es desorbitado, sino que estoy convencido de que ha hecho y hace mucho daño. Querer es poder solo a veces. Lograr un objetivo no es únicamente cuestión de voluntad y de esfuerzo, esos son ingredientes necesarios pero no suficientes, si no van acompañados del talento, o de las cualidades, o de los medios, o incluso de la suerte. Por poner un ejemplo deportivo, es evidente que si Rafa Nadal o Carolina Marín han llegado a lo más alto es porque han trabajado (ellos y sus equipos) lo que no está escrito. Pero porque además tenían talento. Si no, ni de broma.

Por supuesto que hay auténticos y admirables monumentos a lo que puede lograr el ser humano, pero ni todo es posible, ni todos estamos capacitados para luchar al límite por lo improbable. Eso es una elección, no una obligación impuesta. Hacer creer a la gente, publicidad incluida en mano, que puede lograr todo aquello que se proponga en serio, deja un reguero inacabable de fracasos de toda clase. En algunos casos, merecía la pena intentarlo. En demasiados otros, era un desastre anunciado a los cuatro vientos, y el estrellado acaba con la autoestima (y/o el bolsillo) por los suelos, y con la culpable sensación de que no lo ha intentado bastante.

Ya decía Kierkegaard que “solamente los locos y los adolescentes creen que todo es posible para el hombre.” El sacrificio ha de ser el medio para hacer posible lo que de hecho es posible (aunque sea muy difícil). Es bonito soñar, y motivador para crecer y avanzar, pero pienso que roza la insensatez inmolarse en pro de lo imposible (y menos aún jaleado por terceros que se lo miran desde la barrera).

Y es que esto me recuerda las innumerables veces en que he asistido impotente a ver cómo las falsas y desmesuradas expectativas de familiares o incluso de profesionales empujan al enfermo a luchar y sufrir inútilmente, desperdiciando meses, semanas, o días, que podían haber sido de vida en paz, en busca del sueño imposible de la inmortalidad.



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