Aún no es el momento!!!

Había una vez un hombre al que le dolían las muelas. De tanto que le dolían, no podía comer, y por no comer se consumía y parecía caminar a paso firme hacia el cementerio. Sus hijos lo llevaron a ver a un reputado especialista en sacar a la gente de ese camino al camposanto.  

El susodicho especialista le hizo abrir la boca y la examinó minuciosamente. Luego mediante una sofisticada máquina obtuvo unas enigmáticas imágenes de su cavidad bucal, de sus dientes y muelas, de sus encías, de su paladar, y hasta de todos los microhabitantes que coexistían en aquella dolorosa cueva. Tomó muestras de la saliva, de la mucosa, de la lengua, y todas ellas las introdujo y clasificó en unos tubos a los que adhirió el número de expediente del propietario de aquella sufriente boca. Hecho lo cual los citó para una nueva visita en unos días, cuando ya dispondría de todos los resultados.  

Salieron impresionados de aquella consulta. Aquel científico sabía lo que hacía. Eliminaría el problema de la boca, y el hombre podría volver a comer, y a vivir. Era cierto que apenas les había dejado hablar, apenas había preguntado, y no había inspeccionado más que la boca, y nada más. No importaba.

Volvieron. El especialista dijo que ya sabía todo lo que tenía que saber, y que empezarían el tratamiento al día siguiente. Debería acudir cada semana. Y tenía que ser fuerte, porque aquellas muelas le iban a dar mucho trabajo. Pero la técnica estaba muy avanzada, y recompondrían aquella maltrecha boca. 

Y empezaron. Al principio parecía que todo iba bien. El hombre aguantaba. Le pinchaban, le taladraban, le pulverizaban con líquidos de horrible mal gusto, le sometían a unos rayos que le quemaban. Él aguantaba. La esperanza en poder volver a comer como antes le sostenía. Pero solo fue al principio. Las cosas se torcieron. Cada vez más dolorido, más debilitado, y lo peor, cada vez más ahogado. No podía respirar bien. Se fatigaba cada vez más. Y la fatiga y el ahogo eran una tortura mucho peor que el no comer. Además, ya no tenía ganas de comer, comer así no daba placer alguno. 

Tan preocupados estaban por el ahogo y la fatiga, porque ya apenas podía moverse sin boquear, que se atrevieron a preguntar al gran especialista.

- Hay que seguir, la boca pronto estará lista.

- Pero es que me ahogo.

- Usted aguante, si quiere volver a comer, ha de seguir en mis manos.

Y siguieron. 

Alguien les dijo que existía otro especialista para el ahogo y la fatiga. Tal vez sería mejor aliviar ese sufrimiento y dejar la boca para cuando estuviera en mejores condiciones.

- ¿Qué le parece a usted, señor especialista de las bocas?

- Pues que no es el momento, hay que seguir el plan.

- Pero es que ya no puede hablar sin resoplar…

- No es el momento, no podemos parar, si paramos no podré curarle. 

Y el hombre siguió con su calvario, empeñado en creer que al final de aquella cada vez más empinada cuesta encontraría el premio que compensara su sacrificio, pero sabiendo en el fondo de su alma que ya no podía seguir escalando porque su cuerpo no daba para más. ¿Y si mandaban la boca y su especialista a paseo? No, eso sería rendirse, y renunciar a comer con normalidad para siempre.

En casa le daban ahogos más fuertes, no sabían qué hacer, ni a quién llamar. Hablar con el especialista de la boca no era fácil, estaba siempre muy ocupado, como eminencia que era en lo suyo. Todos sufrían, angustiados ante el ahogo que a él no le dejaba vivir, y ante el que nadie hacía nada. Un día, durante una de las sesiones, a las que iba casi a rastras, la cara del hombre que se asfixiaba, la misma cara en la que estaba la maldita boca, empezó a ponerse azulada. Ahora sí lo vio, y ordenó su ingreso para poner remedio.

Unos días después, la hija del hombre agonizante y el mago en recomponer bocas se toparon en un pasillo.

- ¿Cómo está?

- Ha muerto esta mañana.

- Vaya, lo siento, si es que esa boca estaba muy mal.

- Ha sufrido mucho.

- Por la boca.

- No, por el ahogo.

- Ya le digo que lo siento.

- ¿Sabe de qué color eran sus ojos?

- ¿Qué tienen que ver sus ojos?

- No lo sabe, pues que tal vez mirándole a los ojos hubiera visto el miedo y la súplica, y que le estaba pidiendo ayuda.

- Hemos hecho todo lo que hemos podido.

- No me refiero a esa ayuda, me refiero a la que podría haberle evitado tanto padecimiento.

Silencio.

- ¿Recuerda el nombre de mi padre?

Y ella se dio la vuelta y dejó al mago en compañía de su acusador silencio.



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