En la noche, también hay luz

Cuando la vida entra en una noche cerrada que parece eterna, cuando la oscuridad nos abraza opresivamente, suspiramos por una luz, la que sea, que nos libere de la negrura. Pero la noche es oscura precisamente porque no hay luz. Sin embargo, eso no es del todo cierto.

Dijo el Maestro Eckhart, hace ya setecientos años, que no hay noche que no tenga luz, pero está oculta”. Lo que está oculto no se ve, pero eso no significa que no esté. La verdadera tarea puede que no consista en aportar luz, sino en permitir que se haga visible la que ya está ahí.

Cuando la enfermedad grave, y la posibilidad de una muerte próxima, entran en una familia, en un hogar, suelen apagarse todas sus luces, y la sombra del miedo lo cubre todo con su manto amenazador. Esa noche que llevan consigo es la que atemoriza tanto al entorno como a algunos de los profesionales que les atienden, porque en la noche no saben desenvolverse, y la temen, y no confían en poder aportar luz.

Pero lo que hay que saber, es que las personas, las familias, los cuidadores, sí tienen su propia luminosidad, que momentáneamente ha quedado eclipsada tras una espesa cortina de temor e incertidumbre. Basta con descorrer la cortina para que la noche no sea tan oscura.

Y es noche el dolor, que todo lo ofusca e invade, que paraliza el cuerpo y amedrenta el ánimo del que lo sufre y de quienes lo contemplan impotentes. Por eso, aliviar y tratar el dolor con pericia, con un abordaje integral (no solo farmacológico), permitirá que donde solo había oscuridad ahora se hagan visibles muchas más cosas.

Y es noche la soledad, esa a la que lleva la incomunicación, cuando el miedo atenaza la palabra y construye fortalezas de papel que no protegen sino que aíslan haciendo que la noche sea más negra. Por eso, tender puentes de comunicación entre enfermo y familiares, y hablar con ellos desde la honestidad y la humanidad compasiva y no condescendiente, facilitará que caigan esas inútiles empalizadas y la soledad deje de ser tal, y la negrura se desvanezca.

Y es noche la incertidumbre, como lo es el desconcierto por no entender nada de lo que sucede, y el desconocimiento de lo que sucederá. El acompañamiento en el proceso, explicando cada cosa a su tiempo y a un ritmo asimilable, haciendo comprensible lo que era incomprensible, será también luz que iluminará el camino, por angosto que sea.

Y es noche el terror a sufrir, y el no tener la seguridad de que alguien lo va a impedir y tiene la capacitación para evitarlo. Por eso, garantizar el no abandonamiento y dar la certeza de que el sufrimiento se tratará con todos los medios disponibles, y no se permitirá el sufrimiento que sea evitable, pone luz que disipa la angustia.

Porque cuando quitamos el dolor, o rompemos el cerco de la soledad, o aportamos seguridad y competencia y garantía de acompañamiento, los enfermos, y quienes les quieren y cuidan, pueden brillar con su luz propia y afrontar, aceptar, sentir, expresar emociones, y en definitiva vivir, un proceso que también es vida.

Y entonces se sienten agradecidos, porque la noche no fue tan oscura. Pero ellos hicieron el trabajo más difícil y más duro, ellos fueron las farolas que alumbraron el camino antes tenebroso, hasta que alguien retiró todo aquello que impedía que se hicieran visibles.

Cuanto más visibles seamos los cuidados paliativos, más luces serán destapadas y liberadas para iluminar finales de vida, y hacer que la noche se convierta en un atardecer.



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