¿Quién llama?

Cándido estaba tranquilamente sentado en su sofá, dejando pasar el tiempo, contemplando un intrascendente programa televisivo. Oyó el sonido del interfono. Alguien llamaba. ¿Quién debía ser? No esperaba a nadie. 

Se levantó perezosamente del sofá y se dirigió al recibidor. Descolgó el auricular. 

—¿Sí? 

—¿Es usted el Sr. Cándido?

—Sí, yo mismo. ¿Quién es?

—Soy su cáncer, Cándido.

—¿Cómo dice?

—Que soy su cáncer. 

—No entiendo… No lo esperaba, no… no estoy vestido, no… no son maneras de presentarse así, sin avisar. 

—No necesito avisar, Cándido.  

—Pero yo no le he invitado a mi casa. 

—Tampoco necesito invitación. Esta no es una visita de cortesía. ¿Puede abrirme, por favor? 

A Cándido le flaquearon las piernas, empezaba a faltarle el aire. Aturdido y desconcertado, no se decidía a pulsar el botón. 

¿Por qué ha venido? ¿Qué he hecho mal? 

—¿A qué se refiere? 

¿Tan mala vida he llevado? 

No he dicho nada al respecto. 

La comida, ¿no? La maldita comida basura. Nos atiborran con todo tipo de productos cancerígenos, con tal de ganar más dinero, el dichoso dinero… 

Tiene razón en eso de la comida basura, pero casi todos la comen. 

Entonces, la contaminación, eso debe ser. Ya decía yo que era mejor salir de la ciudad. 

Ciertamente, lo que respiran aquí da asco, pero no vengo por esa razón. 

Pero, si me he hecho todos los controles y revisiones que me ha indicado el médico. 

Lo sé. 

Entonces… oiga… vuelva otro día, hoy no estoy preparado. Tengo que pensar… 

¿Qué es lo que ha de pensar? 

He de averiguar el por qué, he de saber qué hace usted aquí, quién lo envía, maldita sea. ¿Quién o qué es responsable? 

¿De verdad cree que llegará a alguna conclusión? 

Es necesario. 

¿Necesario para qué? ¿Y si llega a una conclusión equivocada, o que no le gusta? ¿Y si no hay ninguna conclusión a la que llegar? ¿Qué cambiará? 

Cándido empezaba a claudicar, mientras unas lágrimas resbalaban ya por sus mejillas. 

¿Me va a dejar entrar? 

Tengo miedo. 

¿Quién no lo tiene? 

—Pero es que no es justo. 

Nadie dijo de que la vida fuera justa. Yo no vengo a hacer justicia. 

No puede ser… 

¿Y si en lugar de seguir peleándose consigo mismo se centra en tratar debidamente a su invitado? 

Ya le he dicho que no le he invitado. 

Y yo ya le he dicho que no necesito invitación. De hecho, ya estoy en su casa. De hecho, estoy en su casa desde hace meses, aunque he guardado silencio, y usted no se ha dado cuenta. 

Y Cándido se giró y vio una sombra sentada en el sofá, junto a su asiento preferido. 

Ahora que ya sabe que estoy aquí, ¿qué le parece si me dedica su atención? 

Si le trato bien, ¿se irá de aquí? ¿Me dejará en paz? 

Es posible, pero antes tenemos mucho de que hablar usted y yo. Estaremos juntos una buena temporada. 

¿Puedo pedir ayuda y consejo? Nunca he tratado a alguien como usted. 

Debe hacerlo.  

Cándido, cabizbajo y pensativo, seguía haciendo cábalas. Le interrumpió su peculiar invitado.

Nadie tiene la culpa, Cándido. Estoy aquí, eso es todo lo que ha de aceptar. Ahora, ocúpese de mí, y deje todo lo demás.

Y Cándido, resignado, se sentó, dispuesto, aunque sin ganas, a conversar activamente con su forzoso invitado. 


Enter your email address:

Delivered by FeedBurner


Escribir comentario

Comentarios: 0

Contacto

Atención: Los campos marcados con * son obligatorios.