Ante la belleza

En un relato de Flannery O’Connor, titulado “La persona desplazada”, hay una escena en la que ante la presencia de un pavo real, paseándose exhibiendo su magnífico plumaje, un personaje dice con admiración: “es precioso… una cola llena de soles”; a lo que otro personaje responde, mientras hace una mueca de reprobación: “¡no es más que un pollo!”.

 

Al margen de la ignorancia y la garrulería, habitualmente denostadas con acidez por la brillante escritora americana, esa expresión resume nuestra visión (a veces) de lo que la vida nos va mostrando a su paso que, por cierto, no controlamos nosotros.

 

Los hechos que el transcurso de la vida pone ante nosotros, y en los que a menudo nos sumerge, nos guste o no, pueden ser simplemente sufridos, tolerados, soportados, o ignorados. O también pueden ser vividos, y contemplados. Porque es la contemplación lo que nos permitirá descubrir belleza donde antes parecía no haber nada más que más de lo mismo.

 

Decía Susana Tamaro, preguntándose por lo que es la vida, si “¿es nuestro andar, o la rosa que nos ofrecía su belleza a lo largo del recorrido?, ¿es la meta, o el niño que por el camino nos saludaba sonriendo y al que no hemos sonreído?” Y pienso que, efectivamente, al fijar nuestro objetivo en una meta, un fin, ponemos todo nuestro empeño en lograr ese anhelado propósito o destino, y nos perdemos todo lo que sucede por el camino, nos perdemos la belleza que se nos muestra, ofrece y regala, y sólo vemos “pollos”, o no vemos nada de nada, porque no tenemos tiempo de pararnos a mirar.

 

Lo importante no es el final del camino, sino el camino en sí. Y esa idea es perfectamente aplicable a la enfermedad grave, tenga o no tenga la muerte en el horizonte próximo. Cuando todo se centra en lograr una curación, o una prórroga ilimitada que nos libere de la finitud, y a eso lo sacrificamos absolutamente todo, entonces nos perdemos toda la belleza de lo que, mientras tanto, sucede. El presente es nuestro. El futuro, no. Y en ese presente, en ese día a día al que desde los cuidados paliativos tanto insistimos en que hay que estar atento, ocurren cosas, experimentamos cosas, desde la emoción de las relaciones humanas, desde la contemplación del arte en la forma o formas que más nos satisfagan y nos lleguen al fondo del alma, desde la mirada integradora con la naturaleza, desde donde sea que sentimos que la vida es algo más que sumar días uno detrás de otro.

 

Los profesionales que acompañamos en la enfermedad y hacia el final de la vida tenemos la obligación de intentar ayudar a que los enfermos, y sus familiares, abran los ojos y los oídos a las pequeñas maravillas con que cada día nos obsequia. No es nada fácil, cuando la sombra de la muerte planea, vivir en plenitud auténticos momentazos. Pero es posible, y no son pocos los enfermos que nos han dado auténticas lecciones magistrales. Ellos fueron capaces de admirar la belleza de los plumajes hasta el último instante, aunque parte de su entorno solo viera tristes pollos. Y eso es, de hecho, lo que da sentido a esa fase del camino. ¿O a toda la vida entera? 


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