Hablemos del final de vida

Hace años que vengo escribiendo y hablando acerca del final de vida. Ese es el tema central de mi blog, y de hecho de mi actual actividad profesional. Afortunadamente, somos muchos los que llevamos tiempo desgañitándonos para hacernos oír, a riesgo de hacernos pesados, ya que nunca resulta cómodo hablar sobre algo que nos recuerda nuestra finitud.

Pero no hay más que levantar la mirada para darse cuenta de que sí, efectivamente, hay que seguir hablando, sin tregua, porque queda muchísimo por hacer, y muchísimo por cambiar. No puede negarse que en los últimos años se han hecho tímidos avances, pero llegan aún a muy pocos, y me temo que el foco de atención se pone en el lugar equivocado, al menos a mi entender.

Quienes se supone que nos gobiernan, o nos querrían gobernar, lo apuestan todo en ver quién hace la ley más atractiva para dignificar el buen morir, desde el punto de vista del rendimiento electoral. Pero, como ya he escrito en otras ocasiones, morir bien nunca será solo una cuestión de leyes, que tal vez generen votos y falsa tranquilidad, pero no abordan el origen del mal morir.

Lo que hace falta es formación

Si no se trabaja por un cambio de mentalidad en los profesionales, el esfuerzo puede quedar en casi nada. Y de momento es muy poco lo que se hace al respecto. La formación universitaria sigue muy enfocada a los conocimientos, a formar tecnócratas de la medicina, y aspectos tan imprescindibles para atender adecuadamente el final de vida, con o sin las leyes que quieran, como son la comunicación, las relaciones humanas, la toma de decisiones, la deliberación desde la bioética, tienen un papel residual, cuando no brillan por su ausencia. Y una vez se pierde esa oportunidad de cambiar el futuro, cuesta mucho revertirlo. Y ante la certeza de que la totalidad de los pacientes que atiendan esos futuros médicos un día morirán, cuesta asumir que no se le dé a esa formación la importancia que merece en el plan de estudios.

Porque quienes leen los artículos, o los libros, sobre el tema, son quienes ya muestran sensibilidad hacia el final de vida de las personas, y no quienes deberían aprender a tenerla; quienes acuden a conferencias o a jornadas para tratar de crear conciencia, son quienes ya la tienen, y no quienes consideran que ya saben todo lo que deben saber sobre algo tan… marginal.

Y mientras tanto, seguimos asistiendo a finales de vida esperpénticos, en pequeños y en grandes hospitales, en comarcas o en capitales de provincias, en lugares alejados de todo o en centros supuestamente referentes. Porque morir bien no es cuestión de protocolos. Leyes y normas, en medicina, son herramientas al servicio del ser humano, que ha de poner en juego su humanidad como profesional, para poder llegar al otro ser humano que le necesita, al paciente. Y comprender su sufrimiento, para así poder aliviarlo, debería ser siempre una prioridad innata, percibida sin necesidad de recurrir al manual, y abordada sin necesidad de una norma que obligue a ello.

Si ser un buen médico depende de que nos obliguen por ley, estamos apañados, y también va apañada la población que se pone en nuestras manos. Saber hacer bien lo que sabemos hacer, y saber qué es lo que no sabemos para ponerlo en manos de quienes sí saben, es la esencia de cualquier buen profesional. Y para que no haya ignorantes de su propia ignorancia, no hay más alternativa que formación, formación y formación.

Hasta entonces, hay que seguir explicando a la gente qué es eso de los cuidados paliativos, pero los de verdad, los del día a día a pie de cama, no los de los planes estratégicos y las fantasías de los iluminados. Hay que explicar muy bien que no todo se reduce al estúpido maniqueísmo de eutanasia sí o eutanasia no. Hay que estimular la reflexión, y contribuir a que la población tome conciencia de que puede participar en los procesos de toma de decisiones, para lo cual también es bueno que se formen bebiendo de fuentes fiables. No es sencillo, es complicado, pero forma parte de la aventura de vivir, y hacerlo bien es posible.


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Comentarios: 2
  • #1

    Angel (lunes, 03 abril 2017 12:26)

    Estoy totalmente de acuerdo con todo lo que dices. Necesitamos más formación no hay duda y para cambiar actitudes y mentalidades hay que hacerlo desde la educación básica. Independientemente de todo esto, como médico que soy en un Unidad de Cuidados Intensivos, me llama mucho la atención la indiferencia e incluso la tranquilidad con la que otros especialistas o colegas de profesión dejan pasar oportunidades contínuas de hablar con sus pacientes y sus familiares para poder tener una idea clara de hacia donde va la enfermedad y que escenarios nos esperan y poder tener en cuenta la sensibilidad, valores y deseos de sus pacientes. Me parece una falta de responsabilidad intolerable. Por desgracia, acaban ingresando en nuestras unidades de cuidados intensivos sin tener nada hablado con lo que las decisiones al final de la vida se convierten en, aparte de difíciles, inhumanas por la carga sentimental y psicológica que comportan sobretodo a los familiares. Seguiremos nadando contracorriente pero es muy cansado. UN saludo!

  • #2

    Leonardo (lunes, 03 abril 2017 22:30)

    Muchas gracias Juan Carlos , no podría estar más de acuerdo que la educación de la mano de la salud son 2 pilares básicos de nuestra sociedad. Y nosotros tenemos el privilegio al menos de pujar por ambas. Sentido de vida ,propósito y legado de me antoja cuando te leo.
    Gracias
    Leo.

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