El legado de una buena muerte

Estoy algo abrumado por el impacto que ha tenido la excelente entrevista que me hizo Víctor Amela, publicada en La Contra de La Vanguardia el pasado día 20 de abril. “Estamos muriendo mal”, fue la frase que se escogió como encabezamiento. Sin duda, porque así lo dije, y así lo pienso. Es lo más frecuente, y eso no es una opinión, es lo que recoge mi experiencia de unos cuantos años de dedicación a atender enfermos al final de la vida.

Pero de la entrevista también se deduce que hay buenas muertes, que son posibles, y reales, y que conocerlas nos ha de servir para empezar a pensar y trabajar nuestro propio fin de trayecto, o comprender y acompañar mejor el de las personas que más amamos. Para eso escribí Destellos de luz en el camino, para explicar de primera mano cosas que suceden, de verdad, a personas humanas, también reales.

Morir bien no es fácil

Morir bien no es sencillo. No es gratis. Nada en la vida lo es. Salvo excepciones, requiere de un trabajo previo (o acelerado al final), de una preparación, de un esfuerzo, y de la ayuda y acompañamiento adecuados. Puede pensarse que, total, para qué, si vamos a estar muertos, para qué esforzarse, qué sentido puede tener si morir es morir y es malo se mire como se mire, o tal vez si como decía Cicerón no queremos morir pero nos importa un comino estar muertos. 

Pero la alternativa no es morir o no morir. La alternativa es morir bien o mal. Y como punto de partida pienso que nadie desea morir mal. Creo que todos podemos encontrar motivos de sobras, humanos, existenciales, religiosos, para querer “morir bien”, cada uno según lo que entienda como morir bien, desde la reflexión profunda y serena. Pero hay una razón, para mí, decisiva, que apela a la generosidad y al amor. Es el mejor regalo que podemos hacer a los que se quedan.

Un amoroso regalo

Y llegados a este punto, vuelvo a tirar de experiencia, y no de especulaciones, para certificar que aquellas personas que se van en paz, dejan a sus seres queridos así mismo en paz, tristes pero en paz. Quien se va amando hasta el último instante y dejándose amar, deja amor flotando en el ambiente, envolviendo y consolando el pesar de quienes se quedan. Quien es capaz de transmitir aceptación, facilita la aceptación de los que se quedan. Quien recuerda lo que ha merecido la pena de su vida y lo comparte con quienes más estima, deja esos recuerdos en sus mentes como primera piedra para construir un duelo saludable. Quien se siente libre para hablar, o llorar, o reír, con quienes le acompañan, les hará sentir igualmente libres para hablar, llorar o reír.

Dicen que dar la vida por otra persona es el acto supremo de amor. A mí me parece que dar la muerte, la buena muerte, como regalo póstumo, es sin duda otro inmenso acto de amor.

 


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