Quien llega el último...

Ser portador de malas noticias no es agradable. Suele tener consecuencias. Llegar el último a un escenario de dolor y frustración, de confusión e incertidumbre, de tristeza y angustia, de rabia contenida, tampoco suele ser agradable. Y también suele tener consecuencias.

Los profesionales de cuidados paliativos somos, a menudo, los últimos en llegar. Y eso nos convierte, no pocas veces, en el chivo expiatorio del dolor de la familia, o del propio paciente. Es comprensible, y hemos de contar con ello. El dolor del otro, del que sufre, del que está experimentando una pérdida tras otra, merece todo el respeto y comprensión. Debemos estar a la altura, aunque a veces, pocas, llegamos a sentirnos poco respetados.

No debería ser así

Lo que sí nos molesta, y nos entristece al mismo tiempo, es que los conflictos estallen porque las cosas no se han hecho previamente de la forma correcta pensando en el paciente y en la familia.

Un ejemplo clásico y desgraciadamente frecuente es la tardía o muy tardía derivación a paliativos, momento en que seremos vistos como unos nuevos intrusos que irrumpen en un ambiente ya muy cargado emocionalmente, y en el que dispondremos de menos tiempo del que querríamos para generar confianza y poder verdaderamente acompañar al enfermo y a sus seres queridos en las mejores condiciones. Y así es muy difícil hacer un buen trabajo, y en cambio es muy fácil defraudar expectativas o sencillamente no lograr que se entienda nuestra tarea y misión, porque el sufrimiento ya ha cerrado todas las posibles puertas a la comprensión de nuevos mensajes.

Otro ejemplo, también clásico, es aquel en el que nos encontramos una familia desorientada, que no ha sido bien informada (informada en el sentido de explicar con calma, comprobando que la explicación se ha entendido y asimilado, y dejando espacio para responder dudas), que no parece haber comprendido en ningún momento el alcance de la gravedad, que sigue manteniendo expectativas (falsas) de mejoría o de supervivencia, y que de buenas a primeras se encuentra, en su casa, o en la habitación del hospital, con unos profesionales a los que ellos no han llamado y que responden a la categoría de cuidados paliativos. Una situación que puede conllevar una tensión añadida entre familiares y profesionales que no siempre puede desactivarse, y que a veces acaba en el abierto rechazo al servicio, como una continuidad a la incredulidad hacia la dolorosa realidad.

Podría ser más sencillo

Todo sería más sencillo y, sobre todo, menos doloroso para las familias, si los procesos informativos estuvieran al nivel requerido, y si todos los profesionales sanitarios, de cualquier especialidad, tuvieran la necesaria formación y sensibilidad cuando se trata de comunicarse con personas que sufren.

Todo sería más sencillo si se nos permitiera intervenir de forma más precoz, cuando todavía no está presente el espectro de la muerte inminente, para poder realizar ese trabajo de acompañamiento que no solo mejora la percepción de calidad asistencial, sino que también llega a mejorar la supervivencia.

Tal vez así, aun llegando los últimos, se podría reducir el índice de conflictividad, que no beneficia a nadie y arroja sombras en un momento que por su trascendencia lo que necesita es luz, y sosiego.



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Comentarios: 1
  • #1

    Laura Guardiola Gasca (miércoles, 10 mayo 2017 11:45)

    Hola Juan Carlos , soy Laura y te entiendo, tienes toda la razón.Queria decirte que habiendo personas como tú, me siento más segura, soy cristiana, y pienso que Jesus como tu se debió de encontrar , como tu, un desbarajuste en su entorno y decirte que no te conozco pero te amo y amo los exfuerzos que hacéis para que partamos un poco mejor. Te envio un beso desde mi alma

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