Las salas de espera

Las salas de espera pueden llegar a ser muy instructivas. Sobre todo, cuando tienes que esperar mucho. Para eso están las salas de espera. Para esperar, o desesperar.

Hoy, por dificultades técnicas ajenas a nuestra voluntad (como en la TV de los años 60), el retraso empieza a coger proporciones exasperantes. Aquí nadie está por gusto. Ni por hipocondría. Ni por hiperconsumo de recursos sanitarios. En esta sala no. Aquí cada uno viene, cada día, hasta que termine su programa, con su particular fardo de sufrimiento, de miedos y de lágrimas. Pero eso no importa. Hay que esperar igual.

La gente exhibe una paciencia y resignación (e incluso un buen humor) que deberían hacer sonrojar al responsable de este desaguisado (si es que lo hay, casi nunca lo hay, porque se esconde, o porque es el propio sistema el que con su perversidad carente de responsabilidad hace más difícil lo que de por sí ya lo es). En la sala hace un calor de mil demonios. No funciona el aire acondicionado. Por lo visto, desde tiempos inmemoriales. Con o sin responsable.

Una mujer muy mayor, que supera con creces las ocho décadas, con evidentes dificultades de movilidad que trata de compensar con un caminador (el taca taca de toda la vida), empieza a hablar en alto. Hay que distraerse. Sus comentarios acerca de su nula habilidad con el móvil, que seguramente le obligan a llevar, y que por cierto no tiene la batería cargada (lo que lo convierte en un simple engorro), arrancan algunas sonrisas a los presentes. Pero entre sus chascarrillos se empieza a leer entre líneas. Ella cree que no debería estar aquí. Ella piensa que a su edad, y con los problemas que tiene para ir a cualquier parte, acudir cada día a este tratamiento es una molestia que podría ahorrarse. Si tampoco la va a curar. Si ella ya es muy mayor. Pero mi familia me obliga a hacer todo lo que digan los médicos, que usted nunca hace caso de nada, que usted aún ha de vivir muchos años. A mí, que nunca me ha gustado que me fuercen a nada, y ahora…

Cómo me suena este discurso. Puestos a distraer, imagino. Puede que además viva lejos, y venir al hospital sea una auténtica lata. O puede que no. Puede que prefiera quedarse en su sofá viendo su serie preferida. O puede que no. Puede que la enfermedad acabe con ella haga lo que haga, o puede que sea curable. Solo imagino. Todo se hace con buena voluntad. Todo se hace sin mala intención. Eso no se pone en duda. Pero nadie pregunta qué quiere de verdad la protagonista que, aunque sea mayor, puede decidir, no es una niña. Se decide en su lugar, deciden los familiares, deciden los médicos, y se hace lo que hay que hacer, porque hay que hacerlo y punto. Pero, ¿para qué exactamente?

Es muy pesado estar enfermo. Aún más ser muy mayor y estar enfermo. Y es muy pesado someterse a los tratamientos, al engorro de los tratamientos, a los efectos secundarios de los tratamientos. ¿Qué pesa más en la balanza? Eso, debería responderlo cada uno. Si les preguntamos, y les escuchamos de verdad, tal vez resulte que sí saben bien lo que quieren, pero no se atreven a decirlo abiertamente, para no hacer daño a quienes les aman. Y tal vez resulte que el mayor acto de amor es, precisamente, dejarles escoger, aunque la elección resulte dolorosa. Solo tal vez. Solo imagino. Solo es mi opinión.



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