Sobre el morir: entre el temor y el interés

No dispongo de ninguna macroencuesta cuyos datos me revelen cuál es el grado de interés que tiene la población acerca del proceso del morir, el suyo (o el de sus más allegados), que al final acaba siendo el que más importa.

Pero en los últimos meses, a raíz de la publicación de "Destellos de luz en el camino", y de todo lo que ha sucedido de manera vertiginosa, he sido colocado por la providencia de los acontecimientos en un observatorio privilegiado desde el cual puedo legítimamente llegar ya a algunas conclusiones.

Viendo el eco que han tenido determinadas entrevistas aparecidas en los medios, o el clima que se ha creado en las presentaciones realizadas hasta el momento, o todo lo que me ha llegado desde personas desconocidas relacionado tanto con la lectura del libro como con lo expuesto en las diversas apariciones en medios escritos o radiofónicos, hay una conclusión que me parece irrefutable: el tema del morir interesa y mucho. Porque existe un hueco por llenar, una carencia, en ese espacio por el que pugnan la fuerza del miedo y la fuerza de la curiosidad.

¿Es o no es un tabú?

 Pero, ¿no era un tabú en nuestra sociedad? Por supuesto que lo es, y lo sigue siendo, y con él hemos topado ante ciertas negativas rotundas a cubrir la información sobre un tema que "no interesa" o que "produce rechazo", es decir, sencillamente "no vende". Pero tal vez precisamente por eso existe esa avidez de saber, y tal vez por eso la presunción de que la gente no quiere ni oír hablar de ello porque no quiere ni tan solo pensar en ello ha resultado equivocada, al menos para una parte significativa de la ciudadanía.

La era de la información convive a partes iguales con la de la desinformación, o mejor habría que decir de la dis-información. Lo que nos llega, y lo hace de forma abrumadora, desbordante, inasimilable, viene tamizado y teñido por intereses nada neutrales y lleva adherida una capa de engaño y tergiversación que convierte en agotadora e imposible la tarea de discernir entre lo que es verdad o puede serlo y lo que es mera invención, especulación, o directamente mentira.

No sucede de forma diferente con todo lo que tiene que ver con el proceso de morir. A la población le llegan noticias confusas, que provienen de las teorías o de las ideologías, y que al ser lanzadas sin rubor a los cuatro vientos ponen en clamorosa evidencia un preocupante desconocimiento de la realidad, detectado con tristeza e indignación por los que nos dedicamos profesionalmente a acompañar a los que van a morir, pero indetectable para la mayoría del resto, que o bien se dejan llevar por la corriente puesta en marcha, o se encogen de hombros con escepticismo, a la espera de que una fuente más fiable y desinteresada pueda ofrecer algo mejor.

En nuestro país es un clásico. Se cambian planes de estudios sin contar con quienes saben de eso, los maestros. Se promulgan decretos que tienen que ver con la profesión sanitaria sin contar con los profesionales. Y así sucesivamente. A partir de la fantasía de que por estar adscrito a un partido político o exhibir una ideología determinada uno ya es experto en cualquier cosa, los elefantes entran una y otra vez en la cacharrería pisoteándolo todo y dogmatizando unilateralmente sin utilizar esas grandes orejas para la que debería ser su misión primordial: escuchar.

Cuando nos hablan desde el conocimiento…

Puede que eso explique lo que está sucediendo. Alguien habla sobre un tema tan trascendente, y lo hace desde el conocimiento y la experiencia, desde el terreno real de los domicilios de los pacientes o las cabeceras de sus camas y no desde la teoría, desde la honestidad y no desde el discurso partidista. Y las miradas se giran hacia esa voz. No es nada excepcional, muchos lo han hecho antes y muchos otros lo harán en el futuro, y es necesario que así sea, pero su voz ha de poder ser escuchada, y su conocimiento y experiencia han de tener una merecida visibilidad.

Vaya por delante que lo que yo expongo es mi visión, basada en años de práctica profesional acompañando a familias y pacientes en el último tramo del camino. Una visión que pienso puede ser de ayuda, no para que nadie la adquiera como propia, que no es ese el objetivo, sino para que cada uno dé el paso adelante de realizar su propia reflexión, la suya, la única que será valiosa de verdad, desde sus prioridades y valores, pero lo haga partiendo del contacto con la realidad, con lo que en un momento dado pueda ser su realidad de final de vida, y no partiendo de cuentos de terror (o de hadas) explicados por otros o de planteamientos drásticos emitidos desde el acaloramiento ideológico del color que sea.

No es cuestión de hablar ni de pensar constantemente en nuestra propia muerte. Pero creo que, si le concedemos un espacio, al menos una vez, a la posibilidad de realizar, con ayuda o sin ella, una reflexión profunda, puede resultarnos liberadora y enriquecedora. Solo es una opción, por supuesto. Pero creo sinceramente que merece la pena. Nos va en ello nuestra propia muerte, y el legado que sobre ella dejaremos a nuestros seres queridos.


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