Los niños, la muerte, y el verano del 93

El mundo de los niños no es nada simple. El dolor de los niños tampoco lo es. Los adultos, incómodos ante lo que no alcanzamos a comprender, compensamos la incomodidad aplicando nuestros esquemas y nuestra lógica a un universo que no se adapta a esa lógica adulta, porque tiene la suya propia, que en buena parte nos resulta misteriosa y desconocida. La lógica adulta no casa con la aparente falta de lógica de los niños, lo que puede exasperarnos y despertar sensación de provocación, y reacciones airadas.

Un niño no es un adulto en miniatura, con sentimientos y emociones en miniatura y por tanto ignorables o prescindibles. Se habla y se actúa ante ellos como si fueran sordos y ciegos, y en cambio se guarda silencio y se aplica la sobreprotección cuando se juega lo verdaderamente importante. Con la intención de evitar el llanto, o el presunto trauma, solo se pospone el inevitable encuentro con la verdad. Es nuestro miedo el que nos lleva a proyectar hipotéticas reacciones de dolor insufrible, nos sentimos desarmados para movernos en ese mundo, y decidimos no hacerlo. Pero no podemos.

Piensan los adultos que el silencio, la evitación, el no decir, el callar, el no explicar, bastará para conformar al niño. Pero no es así. La vida no puede seguir como si nada. Toda pérdida requiere una asimilación, una aceptación. Toda pérdida necesita su espacio de verbalización. Toda pérdida requiere ser llorada.

Una película que hay que ver y sentir

“Verano de 1.993” es una joya de esas que se ven de vez en cuando. Una película de las que te llevas a casa en tu cabeza y en tu corazón y te siguen removiendo. Una película que ha de ser vista no con la predisposición de seguir una línea argumental cinematográfica al estilo narrativo clásico sino dejándose llevar por la experiencia de adentrarse en una atmósfera muy especial, desde la mirada de una niña que ha perdido a su madre, pero también tratando de comprender (lo que nos resultará más fácil) los comportamientos y sentimientos de unos adultos (que hacen lo que buenamente pueden), y disfrutar del prodigio de otra niña más pequeña (Anna) que convierte las escenas en un auténtico milagro de autenticidad.

Lo que no se ve, lo que no se dice, lo que se intuye, es mucho más grande que lo que aparece explícitamente. ¿Qué siente esa niña de 7 años llamada Frida? ¿Cómo está procesando lo sucedido? No hay que perder de vista sus ojos.

La lógica no funciona. Las palabras tópicas tampoco (ni con niños ni con adultos). Los gestos, amorosos. Las palabras sencillas en conversaciones naturales, sin necesidad de dramatización. El proceso hará su curso. Lo emocional puede que se manifieste en el momento menos pensado según nuestra lógica del causa-efecto. Pero todo tiene su por qué, aunque sea un misterio. La vida tiene mucho de misterio. O lo tomas o lo dejas, pero no pretendas entenderlo. Tal vez con los niños sucede igual.

Y para los que por esa época teníamos niños pequeños, muchos flash-backs a través de los objetos, las canciones infantiles, los juegos, una conexión afectiva con una parte de nuestras vidas que no está tan lejana pero que al mismo tiempo hay momentos en que sí se ve ya lejos.

En mi opinión, una película preciosa que no os podéis perder.

 


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