Quién quieres que te cuide... al final

Nadie debería morir solo. Nadie debería morir entre extraños. Creo que la inmensa mayoría estaríamos de acuerdo con estas afirmaciones, que expresan más un deseo que una realidad. Pero, ¿nos hemos preguntado de verdad a nosotros mismos qué es lo que querríamos?

Tal vez si nos lo cuestionamos seriamente pensaremos que nos gustaría estar acompañados y rodeados por nuestros seres más amados y que más nos aman. O no. Hay quien prefiere justo lo contrario. Pero lo importante es lo que cada uno desearía. Dejémoslo aquí.

En esta reflexión quiero ir más allá, porque en el final de la vida intervienen otros actores, y no estaría de más pensar también en ellos. Decía la Dra. Katherine Sleeman en una entrevista: “Da igual de lo que me muera, pero quiero que me cuide un equipo de cuidados paliativos”.

Quiero que me cuide un equipo de cuidados paliativos

Estoy completamente de acuerdo. Pero no me basta. Cuando decimos que quienes van a morir deberían estar acompañados por personas conocidas, no pienso sólo en los familiares, pienso también en quienes nos van a acompañar profesionalmente y van a tomar decisiones trascendentales en un momento trascendental de nuestra vida. Y eso, siempre que sea posible, no deberían hacerlo desconocidos. Si no pueden estar a nuestro lado quienes nos aman, al menos, hemos de sentir que importamos a quienes nos cuidan.

Hemos de poder confiar en esos profesionales. Y no me refiero a confiar en su competencia, me refiero a confiar-les nuestro final de vida. Y eso no es gratuito. Ni viene dado por defecto. Se gana, y eso requiere destreza, y tiempo, ese tiempo que a veces no se tiene por la ceguera colectiva ante lo que está sucediendo.

Sería bueno que pudieran sostener nuestra mirada, sin rehuirla. Sería bueno que nos hablaran con honestidad, de persona a persona, porque “lo que en verdad quiero como paciente no es que el médico me proporcione más tiempo ni una solución. Lo que quiero es que el médico no me abandone ante mi miedo y ante los intentos de elaborar la realidad de mi situación… en medio de la incertidumbre, la honestidad nos brinda el único apoyo que tenemos.” (Iona Heath)

Sería bueno sentir que nos comprenden, que comprenden cuáles son nuestros miedos, que comprenden qué nos hace sufrir más y cuáles son nuestros anhelos y prioridades, y lo principal, que de verdad quieran comprenderlo y se esfuercen porque así sea, dejando de lado los protocolos y los tecnicismos e inclinándose ante nuestra fragilidad. 

Y para eso han de saber quiénes somos, y quiénes hemos sido, y quiénes son quienes ahora sufren a nuestro lado. Y para eso hace falta tiempo. Y por eso los equipos de cuidados paliativos han de entrar en las vidas de las personas con tiempo suficiente para crear ese vínculo tan imprescindible para morir con dignidad.

No, no quiero que alguien desconocido y extraño para mi persona guíe el barco a su último puerto sin importarle qué hay en ese barco. Ni quiero escuchar un día una voz al otro lado de la puerta que murmure “hay que sedarlo”, así, sin más, como quien apaga el televisor. El afecto, o en el menor de los casos la empatía y la compasión, que faciliten una comunicación sincera, sin duda me darán más consuelo que la vana aplicación del manual. Y si mi estado no está para consuelos, igualmente no quiero entregar el barco a un operario impersonal.

Pero, para que eso suceda así, para quien quiera que le suceda así, hay que hacer los preparativos, como preparamos todos aquellos acontecimientos significativos que dan sentido y contenido a nuestras vidas. Yo, al menos, y si el destino me lo permite, no me conformo con que alguien ajeno a mi vida pulse un día el botón de off.


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