Soledad y final de vida

La imagen de una persona enferma postrada en una cama, entregándose a la muerte sin ninguna mano amiga o compasiva alrededor, nos resulta impactante y nada fácil de soportar. Afirmamos que nadie debería morir solo. Pero tal vez nuestra imaginación queda muy corta cuando reduce ese pensamiento a la soledad física, la de no tener a otras personas al lado.

Hay otra soledad, en mi opinión mucho peor y generadora de mucho más sufrimiento (para quien muere), y es la soledad emocional y espiritual. Con el agravante de que no se reconoce y de que cuenta con la complicidad involuntaria de quienes con presuntas buenas intenciones pretenden ayudar o proteger.

Es la soledad de quien no puede comunicarse como desearía, porque sus dudas, sus temores, sus angustias, no son acogidos y son echados fuera como inapropiados e improcedentes.

Es la soledad de quien no quiere compartir sus miedos por no dañar a quienes le cuidan y aman y escoge seguir así una atormentadora comedia.

Es la soledad provocada por la mentira, esa fantasía colectiva a la que todos se acogen aun sabiendo sobradamente que es irreal, y que aísla al enfermo cavando un auténtico abismo entre lo que él desearía y los que otros deciden en su lugar. Profesionales y familiares caen a cuatro patas en la trampa de no quitar la esperanza, porque es muy tentadora, y porque tal vez es la única situación que ellos mismos pueden resistir.

Mentira, falsa esperanza y soledad

La futilidad de las propuestas terapéuticas que buscan la heroicidad, alejadas de un mínimo de sensatez y razonabilidad, no solo suelen acabar con la esperanza de cierto bienestar físico momentáneo, sino que aniquilan la confianza del enfermo, que ve como se toman las decisiones en función a las prioridades y la perspectiva de todos excepto de quien es el verdadero protagonista del drama. Esos planteamientos atenazan a los familiares y les cortan el paso hacia el necesario proceso de entendimiento y aceptación de lo que está ocurriendo y de lo que va a ocurrir. 

Al poner toda la energía de las decisiones en que “el otro” sobreviva un poco más, sin pararse a pensar si “el otro” estaría dispuesto a pagar ese precio que se le ofrece por un producto de muy dudosa utilidad, se volatilizan los puentes afectivos y se deja solo al enfermo en la orilla opuesta.

Y ese espacio que podría dedicarse a la reconciliación con la propia vida, y a contar con el afecto cercano y sincero de sus seres queridos sin máscaras de por medio, se llena de dolor y de soledad. Una soledad a la que todos contribuyen, incluido a menudo el propio enfermo que no se atreve a expresarse, y que les lleva a todos en medio de la oscuridad de quien cierra los ojos hasta el mismo umbral de la muerte, para que entonces abran los ojos ante lo inevitable, y se eche de menos un tiempo que ya se ha esfumado.

Esa es la más temible soledad de nuestros enfermos, y lo es porque apenas nadie se da cuenta de que existe. Es la soledad de Ivan Ilich en la memorable novela de Tolstoi, y es la soledad del personaje principal de “El oscuro camino hacia la luz” que llega a angustiar al lector. Y también es la soledad que está detrás del profundo malestar que dejan muchas muertes en quienes se quedan, más allá de la tristeza propia de la pérdida sufrida, desconcertados y confusos ante un desenlace que, sorprendentemente, no esperaban, o no lo esperaban así, ni tan “pronto”.

No, desde luego que nadie debería morir solo, ni entre desconocidos, pero no perdamos de vista que hay otra soledad, y que romper la barrera de esa otra soledad pasa por un cambio importante en nuestros planteamientos ante la muerte, o tal vez precisamente en tomar conciencia de la ausencia de esos planteamientos, porque nunca se ha pensado en ello como una posibilidad real.

Acabo con una cita de Sherwin Nuland y de su “Cómo morimos”:

 

“El verdadero acontecimiento que tiene lugar al final de nuestra vida es la muerte, no los intentos de impedirla.”


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