Cuidados Paliativos bien visibles

En el día mundial de los cuidados paliativos, nuestra gran asignatura pendiente sigue siendo que la población conozca de verdad nuestro trabajo, de boca de nosotros mismos, y sepa realmente el valor de la tarea que generosos y entregados profesionales realizan cada día en cientos y cientos de domicilios y en centros hospitalarios atendiendo a quienes nos necesitan en el tramo final (o no tan final) de sus vidas.

Paliativos visibles. Y bien visibles han de ser, porque lo merecen y mucho. Ya no se cuestiona la eficacia de nuestra aportación, que incide claramente en el mejor control de síntomas, en la mejor percepción de calidad asistencial, en la mayor satisfacción de pacientes y familiares, e incluso en una mayor (y mejor) supervivencia en el colmo de las paradojas. Aun así, hay quien sigue pensando que somos meros enterradores o aves de mal agüero cuya presencia no es deseada porque llamará al mal tiempo.

Viene siendo hora de que se apueste fuerte por aquello que no es aventura sino certeza, y que además es certeza barata y económica en comparación con la carrera hacia ninguna parte que es a menudo la alternativa que no nos deja sitio al lado del paciente.

Porque mientras tanto sigue viva la lucha por la equidad, la defensa de un derecho que es de todos, pero que nos asiste o no en función a múltiples variables que no dependen de los profesionales ni de los usuarios, sino de los caprichos del territorio o de las diferentes administraciones.

Lo que piden los enfermos

 “El objetivo que ahora la sociedad pide ya no es el de la máxima eficacia contra la enfermedad, sino el de la máxima ayuda a un ciudadano enfermo”

 

Marc Antoni Broggi

Y así es, la sociedad poco a poco va comprendiendo que no todo se reduce y limita a hacer lo que se espera, lo que “hay que hacer”, sino que las personas piden algo más, piden que se les trate como individuos con nombre y apellido y con unos valores que les han acompañado a lo largo de su vida y que quieren preservar también en la hora oscura, piden respeto a sus prioridades, piden no sentirse abandonadas. En definitiva, piden ayuda, aunque a menudo desconocen qué es exactamente lo que necesitan, o a quién recurrir para que les guíe y acompañe en medio de la angustia y la incertidumbre. Han de saberlo. Han de saber que desde los cuidados paliativos estamos preparados para tomar parte en ese proceso de ayuda, y a comandarla cuando haga falta. Han de saber que tienen derecho a ello, que no es un lujo. Y han de saber qué somos y qué no somos.

El peor enemigo del enfermo es el miedo, a lo que conoce y teme, pero sobre todo a lo que se imagina. La buena comunicación, nuestra “arma secreta”, es el mejor antídoto contra el miedo. El miedo desbocado en el proceso de morir suele llevar a un mal morir. El miedo acompañado y deslastrado permite un mejor morir.  La alternativa no es no morir. La alternativa es vivir de otro modo el proceso de morir, y eso no solo es posible, sino que puede cambiar enormemente la vivencia y la etapa posterior. 

Y para eso, para acompañarles, para no abandonarles a su miedo, para hacer posible otra forma de marcharse, para eso estamos nosotros.

Deberían saberlo.


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