La transmisión del entusiasmo en cuidados paliativos

El pasado viernes asistí a la Primera Jornada de ex–alumnos del Máster de Cuidados Paliativos en el Institut Català d’Oncologia (ICO). Van a cumplirse ocho años desde que finalicé dicha formación, que marcó un punto de inflexión. Una de las mejores decisiones de mi vida profesional.

Fue una jornada de emotivos reencuentros, con compañeros/as con quienes había compartido dos intensos años como alumno, con compañeros/as que formaron parte del equipo docente, con personas que a lo largo de estos años han hecho posible que el Máster se convierta en referencia y referente para muchos.

Pero el objeto de este artículo, de por sí diferente de los habituales, no es hacer una apología del Máster (con sus muchas luces y sus mejorables imperfecciones, como no puede ser de otro modo). Lo que quiero destacar es el papel determinante que juega el entusiasmo en esa formación, en esa transmisión que no se limita al conocimiento, sino que te impregna de una forma diferente de entender la atención a las personas, en un contexto de dificultad y complejidad constante, que no siempre proviene del enfermo o sus familiares. Es ese entusiasmo contagioso por nuestro trabajo, y por una tarea de la que cada año se benefician miles y miles de ciudadanos que se adentran en el sufrimiento atenazados por el miedo y la incertidumbre, y que nos permiten acompañarlos para tratar de hacerlo menos duro, más aceptable, menos traumático.

Entusiasmo que se respiró durante toda la jornada, con una carga de afecto y emoción que hay que vivir para entender. El mismo entusiasmo que se respira en nuestros congresos de cuidados paliativos, que resultan adictivos, por la renovación de votos que supone cada uno de esos encuentros. El mismo entusiasmo que permite sostener a quienes empiezan a claudicar, víctimas del agotamiento ante la inacabable carrera de obstáculos que hay que superar para que sencillamente te dejen hacer bien tu trabajo. 

Quienes un día fueron alumnos, pasaron a ser docentes de nuevos alumnos, y así seguirá la cadena de transmisión. Cadena de conocimientos, de habilidades, de competencias. Pero también cadena de emociones. Esa es la diferencia. La formación empapada de emoción lleva a más búsqueda de conocimiento, porque nos motiva y empuja a ser mejores profesionales. La formación de manual, sin emoción, no lleva a búsqueda alguna. 

Por eso, emocionarse al ver caras conocidas y muy estimadas, al evocar recuerdos de momentos vividos y experiencias compartidas, al constatar que todos sin excepción hemos de nadar contracorriente, aunque algunos más que otros, nos llena de resolución para seguir adelante y nos inyecta nuevos bríos para retomar nuestro compromiso con aquellas personas que se enfrentan a la dureza de la enfermedad avanzada y la posibilidad de una muerte cercana, la suya o la de alguien muy querido.

Y cuando uno comprueba de boca de los protagonistas que son muchos/as quienes reconocen que la formación recibida les cambió como profesionales, pero también como personas, y se identifica y solidariza con ese sentimiento, entonces emerge la palabra agradecimiento. Pues sí, agradecimiento. Agradecimiento a la vida por haber decidido un día dedicarnos a los cuidados paliativos y por haber tenido la oportunidad de acceder al Máster. Y agradecimiento a quienes tuvieron auténtico interés en enseñar, en transmitir, y lo hicieron entregándose y dándose, con implicación, esa que deja huella a ambos lados, esa misma que se nos pide ante los enfermos. Porque son ellos quienes están al final de esa cadena de transmisión del entusiasmo, los pacientes y sus familiares. Son y deben ser ellos los receptores finales. Nosotros, desde la vocación de servicio, somos eslabones de la cadena. Pero eso sí, eslabones entusiasmados y orgullosos de su trabajo.


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