Traslados compulsivos... o morir en una ambulancia

F tenía 95 años…”

Así empieza la breve historia con la que John Berger introduce el magnífico libro de Iona Heath, “Ayudar a morir”. Y nos cuenta cómo F, que vivía solo en su granja alpina, con sus rutinas, sus costumbres, y su conocido espacio y entorno, un día fue encontrado por sus hijos en el suelo, agonizando. Tras diversas llamadas de socorro, finalmente lograron que fuera trasladado por los bomberos al hospital de la ciudad más cercana, donde moriría pocas horas después, entre extraños, mal asistido, y lejos de todo lo conocido para él. La historia concluye así:

 “La atención médica en un caso de emergencia quedó reducida a un servicio de transporte compulsivo. F no murió en lugar alguno.”

Así, tras leer apenas las dos primeras páginas, la declaración de intenciones de este gran libro que ya he mencionado en otros artículos es más que clara. Pero la historia de F merece por sí sola una reflexión. Y es que a muchos nos resulta tristemente familiar.

Hemos visto morir a excesivas personas en salas de urgencias, en camillas aparcadas en pasillos, en ambulancias, en otros medios de transporte, e incluso conozco un caso que falleció en el mismísimo ascensor de su casa. Y lo peor de todo es que hablamos de personas todas ellas con una expectativa de vida muy limitada, cuando no nula, y que más que probablemente si hubieran podido decidir jamás hubieran optado por salir de su casa, de su habitación.

Entonces, ¿qué nos pasa? ¿Alguno de nosotros lo desearía para sí mismo? El magnetismo que ejercen los hospitales, y la forma compulsiva en que pronunciamos la palabra urgencia o llamamos a una ambulancia (como en esas películas americanas en las que siempre hay alguien que acaba llamando a una ambulancia como el remedio a todos los males por muy inútil que parezca) nos lleva a actuar primero y pensar después. Y posiblemente, a arrepentirnos, porque no hay marcha atrás. 

Como dice el propio John Berger en la mencionada introducción, nadie tiene la culpa. No es cuestión de cargar culpas en quien hace lo que cree que debe hacer desde la mejor intención. Es cuestión de dejar de negar la posibilidad de morir, y de prever y planificar, dentro de lo factible, qué es lo que haremos si sucede algo así, cuando la persona, enferma de gravedad, y sin opciones razonables de salir adelante en caso de complicación, decide que quedarse en su casa es lo que realmente desea, para no morir sometido a molestias y entre desconocidos, o lo que es peor, para no morir solo.

Dejar de negar la muerte

El origen del problema, pues, está donde casi siempre cuando hablamos del mal morir. Justamente en la negación del morir. Eso nos impide hablar, expresar lo que querríamos, ni tan siquiera pensarlo, y aún menos compartirlo con quienes tendrán que tomar decisiones en momentos de gran carga emocional. Y entonces ellos deciden, impulsados por el miedo, por el temor a que suceda algo con lo que no cuentan, aunque sea un hecho tan natural e ineludible como que alguien llegue al final de su vida. O peor aún, decidirán profesionales que una vez llamados para acudir al domicilio aplicarán el protocolo e indicarán el traslado, lo que pondrá en marcha una maquinaria sanitaria que luego es muy difícil de detener. A no ser que alguien, en el domicilio, asuma la responsabilidad de que el paciente permanezca en su cama, en su casa, y se busque el modo de garantizar su confort.

Sé que el miedo pesa mucho, demasiado. Por eso, hablarlo antes, y planificar anticipadamente con quien debería poder decidir, o pensando honestamente en lo que desearía si pudiera decidir, es el mejor antídoto contra ese miedo. Y tras haber hablado y pensado, podremos actuar desde el amor y el respeto, dejando a un lado nuestro propio miedo, y seremos capaces de no llamar a una ambulancia.


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