Voluntariado: generosidad y gratuidad

Tengo la fortuna de liderar un maravilloso proyecto social en el ámbito del final de vida y cuidados paliativos, Fundación Paliaclinic, en el corazón del cual el voluntariado constituye un elemento esencial. Cada vez más esencial. Y más numeroso.

Hablo de todas aquellas personas que tras una seria formación se lanzan a la ardua tarea de acompañar en su domicilio a seres humanos que afrontan el tramo final de sus vidas, o a sus familiares, o a padres de niños enfermos de gravedad. Me descubro ante todos ellos por su valor y generosidad.

Pero también hablo de quienes entregan su tiempo para facilitar que la fundación pueda desarrollar su tarea, y mediante labores silenciosas y menos visibles hacen posible que, por ejemplo, un exitoso concierto como el del pasado miércoles tenga lugar. Son generosos quienes lo preparan, quienes lo organizan y cuidan, y quienes participan con sus voces, con su música, con su talento, con su trabajo, o regalando algo tan significativo como las flores que entregadas al final a los protagonistas contendrán simbólicamente el emotivo agradecimiento de todos.

Un agradecimiento que tiene voz propia. Cuando escuchamos a quienes son acompañados, impacta constatar que, posiblemente, lo que más les llama la atención es la gratuidad de esa presencia incondicional del voluntario. Allí donde apenas nadie regala nada, y quien lo hace es sospechoso de albergar ocultas intenciones, personas generosas regalan su tiempo, su presencia, su compañía, y lo hacen sin esperar nada a cambio. 

Eso causa incredulidad y asombro. Porque no vivimos en una sociedad generosa, aunque en ella existen muchas, muchísimas personas generosas. Impera el interés propio sobre el bien común, el egoísmo sobre la generosidad, la mentira sobre la verdad, el engaño sobre la honestidad. Y todo ello comandado por quienes más ejemplo deberían dar.

La gratuidad (del voluntariado) sorprende

Por eso, la gratuidad sorprende, y emociona. Porque rompe la mezquina regla no escrita de que todo acaba siendo una transacción, una ecuación en la que hay que buscar el beneficio propio por algún lado. Y al romperla descoloca a quienes solo se rigen por ella en sus relaciones, como jugadores de ventaja que calculan riesgos y beneficios antes de dar ni los buenos días. Tal vez por eso algunos llegan incluso a menospreciar esa generosidad, y hasta surgen tristes teorías que justifican los actos “altruistas” como la búsqueda interesada de la satisfacción personal (o del reconocimiento de otros). Qué pena. ¿No será que para justificar la propia incapacidad para dar algo a cambio de nada, o para comprender algo que les supera, tienen que desprestigiarlo de algún modo? 

Es cierto que el voluntario, y así lo expresan de forma unánime, recibe mucho más de lo que da. Pero no es eso lo que le ha motivado a dar un valiente paso adelante. Eso se lo ha encontrado, como el buen profesional obtiene satisfacción en el trabajo bien hecho al margen de lo que le reporte. Y lo que recibe a cambio el voluntario es intangible. Es muy personal. Es muy humano.

Y como la condición humana es la que es, puede suceder que la honestidad, la generosidad, la bondad, se conviertan en el espejo que devuelve a quienes carecen de ellas una imagen de sí mismos que no les complace, y prefieren romper el espejo.

Pues no. Que se enteren. La gratuidad existe, la generosidad existe, la sensibilidad y la compasión hacia el sufrimiento del otro existen. Y lo hacen desde la vocación de servir, de entregarse, de darse, porque uno desea hacerlo. Desde la humildad, de persona a persona. Sin cálculos. Sin más. Las ecuaciones y balances, en las relaciones humanas, en la atención solidaria a la necesidad del otro, aquí no tienen cabida. Y a mí, no me interesan. 


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