Más allá del cáncer

Hace muchos años, durante una guardia cuando era residente, recuerdo que atendí a un hombre en estado muy grave a causa de una insuficiencia respiratoria muy severa. Una antigua tuberculosis mal tratada por diversos motivos, y unos hábitos de salud muy descuidados, habían reducido a mínimos la capacidad ventilatoria de sus pulmones. Cuando informé a los familiares de la situación y del mal pronóstico a corto plazo, me llevé una sorpresa mayúscula al escuchar cómo uno de ellos decía con voz aliviada: “Pero no es cáncer, ¿verdad, doctor?”

Esta anécdota, tragicómica, pero literalmente cierta, venía a expresar algo que sigue en el ambiente. Y es que, en muchos momentos y situaciones, parece que el cáncer es el gran y único enemigo a combatir y derrotar. Nadie puede poner en duda su importancia. La mera palabra causa temblor de piernas, y su irrupción cambia de golpe las vidas de quienes lo padecen y de sus familias, aunque hayan mejorado y mucho las expectativas.

No solo se muere de cáncer

El problema es que hace sombra a todo lo demás. Y se generaliza la sensación de que el resto de enfermedades se tienen, se sufren, se cronifican, pero uno no se muere de ellas. Y eso no es verdad. La posibilidad de un desenlace no deseado está siempre implícita en el diagnóstico de un cáncer agresivo (aunque no siempre ocurrirá), pero no lo está habitualmente cuando es el corazón, o el hígado, o los pulmones, o los que sean, los órganos cuya deficiencia de hecho sí amenazan la supervivencia.

Los que nos dedicamos a cuidados paliativos sabemos sobradamente que los recursos se vierten mayoritariamente en pacientes con cáncer, que ocupa portadas, noticias, y reportajes. Las historias humanas que hay detrás tienen mayor visibilidad y la sociedad empatiza más fácilmente con ellas. 

Sin embargo, mueren más personas de otras enfermedades. Recorren su corta o larga trayectoria a bandazos, entre descompensaciones, ingresos, y paulatinos o abruptos pasos atrás, que les van acercando al final sin que a veces nadie se quiera dar cuenta, ni los familiares, ni los profesionales que los atienden. Y cuando la posibilidad de una muerte cercana no es contemplada, no se prepara, y el acontecimiento pilla a todos por sorpresa, cuando lo sorprendente es precisamente eso, que sorprenda.

Y la falta de previsión, o de preparación, complica las decisiones, que en ocasiones se han de tomar en condiciones de confusión y carga emocional, cuando se podían haber reflexionado con calma. Por eso, creo que es esencial integrar en la práctica médica esa famosa pregunta de si a uno le sorprendería que el paciente que tiene delante muriera en los siguientes doce meses. Y si la respuesta es que no, que no le sorprendería, entonces hay que poner en práctica las habilidades comunicativas para empezar a preparar al paciente y/o a sus familiares, y anticiparse a los hechos, vengan cuando vengan. Esa será la mejor de las praxis. Aunque no sea cómoda. Aunque no sea cáncer. 


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