Usted no se preocupe

De la misma manera que cuando desde cualquier gobierno (o la autoridad que sea) se dice que determinado problema está bajo control, sospechamos que eso significa justamente lo contrario, cuando alguien te dice que “no te preocupes” de forma reiterada, lo más probable es que efectivamente tengas motivos para preocuparte. En medicina, a menudo, sucede exactamente lo mismo.

Lograr la confianza y la tranquilidad de los pacientes es un objetivo muy loable, y necesario. Acuden a nosotros con grandes dosis de incertidumbre, y espantar los temores no justificados forma parte de nuestro cometido. Pienso que tampoco deberíamos anticipar alegremente motivos de preocupación cuando aún no están confirmados y son solo conjeturas o posibilidades diagnósticas. Y hemos de ser capaces de esperar el momento oportuno para informar, y hacerlo de forma adecuada a la persona y a su situación.

Sin embargo, llevados de un trasnochado paternalismo, hay ocasiones en que se quiere transmitir y contagiar una ausencia de preocupación cuando la situación es, de hecho, muy preocupante. Y entonces ya entramos en el terreno de la praxis más que discutible.

Falsas expectativas

Quitar importancia a aquello que sí la tiene es una forma de engañar al paciente, y de expropiarlo de su derecho a ser informado. Banalizar lo que no tiene nada de banal es pan para hoy y hambre para mañana, quita hierro a la visita de hoy, pero cuando el tiempo desvele la verdad constituirá una amarga decepción para quien habrá sido tratado como un niño. Supone generar unas falsas expectativas, de curación, o de que todo irá bien, que si no están fundamentadas en sólidos argumentos (y no en simples deseos) no son algo aceptable desde el punto de vista profesional.

Sin duda que se hace desde la mejor de las voluntades, desde la percepción de que ahorrarle al paciente un mayor disgusto es una forma de hacerle un bien. Y seguramente también es cierto que para el profesional es menos incómodo adoptar esa actitud proteccionista e incautamente optimista que afrontar una conversación espinosa en la que deberá saber manejarse.

Pero sea con la intención de proteger al paciente, sea con la intención de congraciarse con los familiares, o sea para protegerse a sí mismo de una situación indeseada (la de comunicar que las cosas no van bien), insistir en despreocupar al enfermo cuando las evidencias dicen todo lo contrario pienso que es una irresponsabilidad.

Las falsas expectativas son una poderosa fuente de sufrimiento añadido, para los pacientes, y para las familias, que luego se topan de golpe con la cruda realidad. Entonces aparece la incomprensión, la confusión, la decepción, y a menudo la rabia por no haber sido situados y ajustados a la realidad en lugar de acogerse a fantasías. Desgraciadamente, en cuidados paliativos nos encontramos con numerosas situaciones de este tipo, que además siembran la desconfianza hacia los profesionales y dificultan la labor de acompañamiento en el final de vida.

La formación es el único camino

Es esencial que los médicos (todos) adquieran habilidades en comunicación, y que pierdan el miedo a dar malas noticias. Es esencial que los médicos asuman que las cosas no siempre pueden ir bien y que acompañarlas cuando van mal forma parte de nuestro trabajo, ya que es lo que también la sociedad espera y desea de nosotros (no solo que les salvemos o alarguemos la vida). Y eso solo puede lograrse desde la formación. Nos conviene a todos que así se haga, pues todos somos potenciales pacientes (incluidos los profesionales).

Pero mientras la comunicación y los cuidados paliativos sean materias menores, o bien optativas, o sencillamente inexistentes en los programas formativos de las facultades de medicina, nada cambiará. Solo podemos confiar (aunque cuesta) en que algún día quienes tienen el poder para decidir se iluminen y tomen decisiones razonables que mejoren la formación de los futuros galenos. Y confiemos en que no haya que esperar a que tengan que iluminarse por experiencia propia cuando les toque a ellos de cerca.


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