Formación sobre el morir

Ya llevo tiempo proclamando en escritos y conferencias que el único modo de cambiar la dinámica (negativa) que lleva nuestra sociedad en relación con el proceso y el hecho de morir pasa por la formación. La que debería pasar por las facultades de medicina, y la que debería pasar por la escuela.

En los últimos días he tenido la fortuna de vivir dos experiencias muy gratificantes al respecto, una en cada frente, lo que sin duda resulta esperanzador.

Estudiantes de Medicina

Que me inviten a participar en una mesa redonda sobre “encarnizamiento terapéutico” (mejor llamado obstinación terapéutica) no debería extrañarme. Pero que lo hagan desde un congreso organizado por estudiantes de medicina, habiendo ellos decidido los temas a debatir, eso ya sorprende más. Dudo mucho que sean asuntos que se traten a fondo durante la formación académica, centrada desde siempre en el combate contra la enfermedad y a favor de la salud y la supervivencia. Los cuidados paliativos siguen siendo, increíblemente, más una opción que una obligación en el programa de formación de la mayor parte de facultades. Y aunque el sentido común y la ponderación deberían ser capaces de equilibrar los excesos de intervencionismo en enfermedad avanzada y final de vida desde cualquier óptica clínica, nuestra vista panorámica desde los cuidados paliativos sigue siendo una de las más sensatas, cuando no la que más.

En el Congreso de Estudiantes de Medicina de la Universidad de Oviedo pude comprobar cómo los muy numerosos asistentes querían saber y mostraban interés y sensibilidad hacia los conceptos expuestos. Eso dice mucho en favor de quien les ha abierto los ojos en las aulas a una cuestión que de otro modo posiblemente pasaría desapercibida, pues a esa edad es normal que las posibilidades diagnósticas y terapéuticas deslumbren y releguen a un segundo, tercer o inexistente plano a las cuestiones éticas que se resisten (con razón) a ser incluidas en esos rígidos protocolos que dan la ansiada seguridad. Las preguntas realizadas, durante la mesa redonda y al finalizar la misma a pie de pasillo, fueron toda una demostración de inconformismo y apertura de mentes.

Alumnos de Instituto

Y en la XI Jornada d’Acompanyament al Dol i la Malaltia que se celebró en Lleida el pasado día 9, y en la que participé como ponente, un grupo de jóvenes de un Institut de Castellbisbal arrancó una sonora y emotiva ovación de los 350 asistentes, puestos en pie, muchos de ellos con los ojos húmedos, tras visionar un cortometraje en el que habían plasmado sus reflexiones sobre la muerte y sobre la actitud (de ellos mismos) ante la contingencia de la enfermedad grave de un compañero. Bravo por ellos, y por quienes los han tutorizado sabiamente. Ni la puesta en escena ni los diálogos tenían desperdicio, e implicaban no poca valentía, la que necesariamente está detrás de haberse atrevido a enfrentarse a unos pensamientos incómodos e inquietantes, que muchos adultos rehuyen enérgicamente.

Estoy convencido de que a ese grupo de jóvenes la experiencia les dejará huella para siempre, y de que esa reflexión ya la llevan consigo y estará hibernando en su interior hasta que la vida la despierte un día y puedan echar mano de ella.

Ese es el camino. No hay otro. Esa tópica pero absolutamente real negación de la muerte y el sufrimiento como algo ajeno que si no nombramos no se presentará nos hace mucho daño a todos, porque nos paraliza y aletarga. Y el antídoto al miedo lo tenemos delante mismo, y en nuestras manos. El conocimiento, la preparación, la reflexión, la formación. Y si es desde el cascarón, el de los futuros médicos, y el de los futuros adultos, nos irá mucho mejor a todos.


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