No hacemos llorar, permitimos llorar

Decía recientemente en una entrevista el Dr. Bruera, hablando de lo poco que gusta a los familiares que los pacientes expresen sus emociones, que en una ocasión lo abordaron al salir de una habitación diciéndole “la ha hecho usted llorar”, a lo que él respondió “no la hice llorar, le he permitido llorar, le he permitido sacar lo que llevaba dentro”.

Somos muchos los profesionales de cuidados paliativos que vivimos situaciones similares. Pacientes y familiares consumen una cantidad ingente de energía en no permitir que los delaten las emociones, para no quedar en evidencia, para no sentir la incomodidad del llanto propio, para no hacer sufrir a las personas amadas, para… Pero esa contención en algún momento necesita una válvula de escape, porque la emoción reprimida no desaparece, no se volatiliza. La contención la aplaza, la recoloca transitoriamente, pero no la elimina. Y eso, bueno no es.

Hay mucho pudor a llorar ante terceros. Lloramos a escondidas, cuando nadie nos ve, y a ser posible con sordina para que tampoco nos oigan. Nos avergüenza. Sobre todo a los varones, porque el peso de la educación recibida y de la tradición así lo impone desde una óptica retrógrada y anacrónica. No es agradable llorar. Y aún menos lo es ver llorar a quien amas. Te sobrecoge. Harías lo que fuera por extirpar la causa de ese llanto, por quedártelo para ti y aliviar el sufrimiento del padre, de la madre, de la pareja, del hijo o la hija…

Y a veces, cuando se crea el ambiente de confianza suficiente como para dejarse ir, el paciente puede sorprender a sus familiares con una explosión de llanto que les descoloca, porque no lo había hecho antes (y lo hace ahora, delante del médico), o porque no esperaban que se derrumbara ante el profesional.

En otras ocasiones, las lágrimas aparecen en el espacio cómplice entre paciente y profesional sanitario, sin testigos de por medio, lo que puede facilitar la catarsis. Y sí, algún familiar llega a indignarse ante lo que considera una intrusión emocional o una falta de tacto o cualquier otra cosa, cuando en realidad el profesional no ha sido causa ni detonante con sus palabras o sus preguntas o sus gestos, sino que ha facilitado la salida de lo que pugnaba por hacerlo y necesitaba hacerlo. 

La expresión emocional a través de las lágrimas casi siempre alivia a quien llora. Todos conocemos esa sensación. Alivia y libera. Muchos pacientes, mientras lloran, nos piden perdón. Perdón, ¿por qué? Pues porque se considera inadecuado, porque se imaginan que te están haciendo pasar un mal rato, porque en su interior algo les dice que no está bien. Claro que seguramente nosotros hacemos lo mismo, también nos disculpamos si lloramos ante alguien. Es como un acto reflejo. Y después de haber llorado, nos dan las gracias. ¿Gracias, por qué? Si aparentemente no hemos hecho nada. Pero ha sido la certeza de que se podían dejar ir ante aquel médico, o aquella enfermera, o aquel psicólogo, o quien sea. Porque han sentido la confianza. Porque han sentido que importaban al profesional que tenían delante.

En las consultas, en las habitaciones del hospital, en los domicilios, hay que saber sostener los silencios, pero también las lágrimas del que sufre. Pensemos cuántas veces hemos llorado y ante quién. Y demos valor a esa manifestación de humanidad herida, que busca consuelo, pero que sobre todo busca ser comprendida, y expresar lo que bulle dentro de su ser como consecuencia de su vivencia única de la enfermedad, del dolor, y del posible final de vida cercano. No, no les hacemos llorar. Lloran ante nosotros.


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