La formación de los médicos

Hace un par de semanas, durante mi participación en la Jornada de Pérdida y Duelo en el Hospital Virgen de la Arrixaca en Murcia, y al concluir la mesa que incluyó mi ponencia “Comunicación en el proceso de final de vida”, se abrió el turno de preguntas. Una de ellas, dirigida tanto a mí como al Dr. Juanjo Valverde, que hizo una magnífica exposición sobre sus experiencias en acompañamiento como médico paliativista, venía a decir que cómo se lo debían hacer el resto de profesionales, los que no tenían una formación o bagaje como el nuestro (y tantos otros compañeros/as), para desenvolverse adecuadamente cuando la muerte acechaba a sus pacientes. Cuando dije, de forma contundente, que hasta que no se formara en el tema de la muerte en la carrera universitaria, y hasta que no hubiera conciencia de la necesidad de hacer un trabajo personal al respecto, nada iba a cambiar, fui interrumpido con un sonoro (y sorprendente) aplauso. Yo creo que en aquellas palmas había un poco de enfado contenido, el de los que saben cuál es la realidad, y saben cuál debería ser la solución, pero también saben que quienes tienen el poder para hacerlo no parecen darse por enterados.

En otros artículos ya he llamado previamente la atención acerca de la necesidad de que la formación en acompañamiento a la muerte y en comunicación con los pacientes no sea ni testimonial ni optativa en la carrera de Medicina, sino obligatoria y troncal en el sentido de que tenga el peso específico que merece. Pero hay más. Ya se sabe aquello de que no se puede acompañar y guiar a alguien a un lugar que uno desconoce. 

Reflexionar es parte de la formación

Si uno no ha hecho su propia reflexión sobre el sufrimiento que conlleva la condición humana, nunca lo podrá comprender, no podrá empatizar con quien sufre, y por tanto con la persona que circunstancialmente es portadora de una enfermedad (pero no es la enfermedad), que es la excusa para el encuentro entre personas, enfermo y profesional.

Y si uno no ha hecho nunca (como la mayoría de los ciudadanos, por cierto) una reflexión profunda sobre el morir y sobre la finitud, difícilmente tendrá herramientas con las que enfrentarse a la muerte de sus pacientes, lo que le empujará a parapetarse detrás del hacer sobre el no hacer y detrás del manido mensaje de “luchar” (qué verbo tan cansinamente sobreutilizado) contra la enfermedad en pos de la supervivencia, al parecer único objetivo digno de ser considerado para muchos.

Cambiar la mirada

Explicaba Montse Esquerda en su artículo “En el nombre del perro” una historia curiosa y muy reveladora aparecida en el New England Journal of Medicine. Cuando quienes están en formación experimentan lo que hay más allá de lo que les han enseñado, y contactan con la realidad humana que va asociada al trastorno biológico que están tratando de resolver, todo cambia. Efectivamente, hay que cambiar la mirada de una vez para VER a las personas que tenemos delante, y no hablar tanto (sin creérselo, como si fuera un argumento de marketing) de que hay que tratar enfermos y no enfermedades.

Por ello es indispensable que los aspirantes a médicos, desde el principio, sean estimulados y aleccionados a tener una formación humanista que complemente su necesaria formación científica con la que componer ese profesional capaz de diagnosticar y tratar, pero también de compadecer y acompañar. Pero no como una moda o tendencia, sino como una necesidad imperiosa, que además la sociedad pide a gritos. Si no se hace desde la base, la diosa de la evidencia vestida de protocolos y artículos científicos será el solitario director de orquesta de la tarea del médico, obviando por mucho conocimiento que hayamos acumulado que somos simples seres humanos al servicio de otros seres humanos en situación de fragilidad, esa que un día, cualquier día, podrá ser la nuestra.


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