La desconcertante gratuidad

El paso del tiempo sirve, entre otras cosas, para poner (o no) en valor los proyectos y los sueños. Recientemente se cumplieron diez años desde que la Fundación Paliaclinic inició su andadura, con los bolsillos repletos de ilusiones e ideas, para compensar la ausencia de recursos y por tanto de seguridad. Sabíamos lo que queríamos hacer, y a quienes nos queríamos dedicar, pero no sabíamos cómo lo íbamos a lograr.

Diez años después, más de trescientas familias se habrán beneficiado durante esta última anualidad de nuestro soporte, que no hay que olvidar que llega en un momento tan delicado como es la enfermedad avanzada y el final de vida. Estamos al lado de los más vulnerables, por razón de su situación socioeconómica o de la dureza que supone para una familia la grave enfermedad de un hijo.

Al margen de las dificultades propias del desarrollo e implementación de proyectos de esta envergadura, y de la siempre compleja búsqueda de financiación, ha sido un tiempo de aprendizaje y de descubrimientos. De entre todos ellos, hoy quiero dedicar unas líneas al fenómeno de la gratuidad, estandarte de toda nuestra misión y especialmente del maravilloso y creciente equipo de voluntariado con el que contamos.

Uno piensa de buena fe que ofrecer algo esencial para quien lo necesita a gritos sin pedir nada a cambio ha de ser acogido con alegría y sin reservas. Uno cree que poner sobre la mesa soportes y acompañamiento para familias que están sufriendo y mucho, asumiendo todo el coste, no puede generar otra cosa que entusiasmo y apoyo para poder llevarlo a cabo. Pero no siempre es así, en absoluto. 

En una sociedad construida sobre el individualismo y el materialismo, la gratuidad desconcierta, la generosidad incondicional descoloca. Eso hace que no sean pocos, sobre todo a nivel institucional, los que te miran con desconfianza e incomprensión, y ante la duda demoran, enfangan, retardan. Quienes así piensan y actúan, no “ven” a los destinatarios de las ayudas. Se dejan llevar por ese chip miedoso y egoísta que nos han metido a todos subrepticiamente en la sesera y que es alimentado una y otra vez desde todos los ángulos de la comunicación. El temor a que te levanten la camisa, o a que te tomen ventaja, o a perder no se sabe qué, lleva a la gente a permanecer encerrada en su jaula del no cambio. 

Son muchos los que no entienden la gratuidad. Los mecanismos publicitarios a los que estamos acostumbrados nos empujan a asociar una oferta demasiado buena con un engaño seguro. La honestidad, rara avis, es cierto, nos resulta poco creíble, y cuando se muestra, se intenta por todos los medios buscarle el punto débil, para que quienes no la comprenden puedan sentir la tranquilidad de poner a todos al mismo nivel. 

Son las personas, la ciudadanía, la que sí se arriesga, la que pone a disposición su tiempo, su comodidad, su no sobrante dinero, sus limitados bienes, para que quienes lo están pasando mal sientan, como mínimo, que alguien se preocupa por ellos, lo que, en el caso de personas enfermas de gravedad y de sus familias, es lo que más valoran, y desde la Fundación lo sabemos por experiencia.

Y se les llamará ingenuos, se les comparará a niños que no se han enterado de lo que va la vida, a imagen y semejanza del príncipe Mishkin, el idiota, protagonista de la célebre novela de Dostoievski. E incluso la sociedad, con el miedo por bandera, acuñará un nuevo término, el buenismo, para tratar peyorativamente el exceso de confianza y la generosidad que no mide sino que da porque no puede permanecer impasible al sufrimiento. Y de eso el Mediterráneo es mudo y avergonzado testigo.

Por suerte, son cada vez más las personas, con nombres y apellidos pero desde el anonimato porque no buscan más medallas que el ser fieles a su corazón, que se entregan, que acompañan, que están al lado de quien los necesita. Ellas son y serán el motor silencioso de la transformación, mientras el teatrillo estéril sigue con su irrisoria representación.


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Comentarios: 1
  • #1

    Marta (martes, 15 enero 2019 09:50)

    Una realidad...
    En la defensa por la ayuda a pacientes en final de vida y a sus familias, sería gratificante que se avanzará en dar mayor participación a quienes ponen toda su energía, su valor, su altruismo y su amor para acompañar en estos difíciles momentos.
    Seria bueno para todos, nuestra sociedad lo necesita para saber dar mejor y para poder recibir también mejor.