Otros lenguajes para hablar del morir

Ya sabemos que del morir se habla poco (aunque cada vez más). No es un mantra que los que estamos sensibilizados con el tema, desde nuestra profesión (especialmente desde el ámbito de los cuidados paliativos) o desde nuestro propio proceso personal de ver la vida, repitamos hasta el hastío del resto. La insistencia no es fruto de ninguna obsesión, sino del conocimiento de la inmensa carencia existente en la sociedad y del mucho sufrimiento añadido que esa actitud de negación comporta para enfermos y familiares. 

No todo han de ser libros, artículos y conferencias. Al corazón de las personas se puede llegar de diferentes modos, y hay otros lenguajes que pueden ser más asequibles o accesibles, o que pueden utilizar canales distintos para tocar el alma y despertar interrogantes que necesiten buscar respuestas. 

Hace casi año y medio conocí a los integrantes de la compañía teatral Fil Vermell. Estaban poniendo en marcha un proyecto que quería tratar el tema del morir y de la enfermedad en fase final, y se estaban documentando para hacerlo de la forma más fidedigna, seria y comprometida. Mi experiencia podía ser una más de esas fuentes consultadas. Tuvimos varias conversaciones muy constructivas y les facilité bibliografía (aunque en ese sentido ya iban por delante).

El pasado día 8 de febrero la obra “El mal morir” vio la luz, tras un arduo trabajo de más de un año por parte de la compañía. Acudimos una buena representación de la Fundación Paliaclinic. Una sala relativamente pequeña, porque la cercanía del público era importante, reunió a unas 120-130 personas. Con una puesta en escena austera pero suficiente y muy digna, se levantó figuradamente el telón. La experiencia superó ampliamente las expectativas. No soy ni pretendo ser crítico teatral, hablo desde la mirada del espectador y desde el conocimiento del profesional que puede valorar la coherencia y la verosimilitud con que es tratado un tema tan familiar para mí.

Como espectador he de decir que la obra está muy lograda. El director y escritor (Adrià Olay) consigue un difícil equilibrio que no entra en el dramatismo fácil ni huye de la trascendencia de los interrogantes que se plantean. Emociona de forma contenida, como efecto secundario más que como objetivo principal. Utiliza el humor no como elemento frívolo para quitar hierro de forma simplona sino como válvula de escape para los propios protagonistas (y en consecuencia para el espectador). Se cuela algún estereotipo, pero no afecta a lo esencial del mensaje. Los dilemas se suceden no como un rosario de tópicos sino como la evolución natural de vidas reales y de situaciones perfectamente creíbles, y quedan en el aire. La magnífica interpretación de los actores (Òscar Galindo, Marta Genís, Ramon Garrido) va subiendo de tono, como si evolucionaran al compás de lo que sienten los personajes. Y todo lo que no se dice, y que no se muestra, evoca poderosamente a lo ausente y toca a los asistentes.

Como profesional de los cuidados paliativos he de agradecer la seriedad, la sensibilidad y la verosimilitud con que se ha tratado el mal morir. Se hace obvio que todos han interiorizado lo que están comunicando, y de hecho ellos mismos reconocen que ahora saben y comprenden mucho más sobre lo que puede significar un final de vida en nuestro contexto. E igualmente es de agradecer que todo eso no se haya hecho desde el sensacionalismo, la polémica estéril o la pontificación gratuita, tentaciones habituales cuando los profanos (en un tema tan delicado) deciden que saben más que nadie (cuando saben bien poco), sino que se ha buscado la debida documentación y asesoría, como debe ser.

Quedaba la prueba definitiva, al acabar la representación y los merecidos aplausos. Un coloquio desde el escenario con el público, coloquio al cual me incorporé. Los recelos sobre la hipotética falta de participación se disiparon de inmediato. Los asistentes no cesaron de intervenir, plantear cuestiones, hacer sus aportaciones, y desde luego deshacerse en elogios hacia lo que acababan de presenciar. Una vez más, quedó constancia de cuán necesarios son estos espacios en los que se puede dialogar abiertamente y con total naturalidad sobre el final de vida.

Es cierto que se habla poco, o mucho menos de lo que se debiera, pero como ha quedado patente con “El mal morir”, es indudable que hay un notable interés en un sector de la sociedad que poco a poco se va haciendo más numeroso y que debe actuar cual mancha de aceite difundiendo lentamente en su entorno ese anhelo por saber, hacerse preguntas y reflexionar acerca de la muerte. 

Por lo que a mí respecta, no me queda más que felicitar muy sinceramente a toda la compañía Fil Vermell, desearles muchos éxitos, y decir que ha sido un honor y un orgullo que hayan contado conmigo y que mis libros (entre otros muchos) les hayan servido de inspiración.

El cambio ha de venir desde abajo, y una obra como esta, que sin duda merecería un espacio acorde a su calidad y al interés general de lo que trata, es y será un elemento más del motor despertador de conciencias. 


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