Derecho a elegir... para todos

En un país que se las daba de moderno y avanzado y que presumía sin recato de tener la mejor red de comunicaciones del continente, lo cierto era que los ciudadanos tenían serias dificultades para desplazarse de un lugar a otro. La razón era simple: esa presuntamente excelente red no solo era deficiente, sino que en algunas zonas del país era prácticamente inexistente.

 

Había territorios afortunados en los que las carreteras estaban en buen estado y permitían unos tránsitos apacibles de un lugar a otro sin apenas incidencias. Una brigada de operarios bien preparados velaba porque todo estuviera en condiciones, se ocupaba de que las indicaciones fueran visibles y explícitas, y efectuaba el mantenimiento necesario para que los viajeros, tanto si los trayectos eran cortos como si eran largos, tanto si eran en línea recta a través de la llanura como si lo eran por entre montañas, se sintieran seguros y dispusieran de los servicios necesarios. Y aunque los gobernantes no reconocían a los operarios la importancia de su labor, sí lo hacían múltiples viajeros agradecidos, que comprobaban que con este acompañamiento aquella aventura no era tan temible como se imaginaban.

 

Pero, desgraciadamente, no ocurría lo mismo en extensas zonas del país en las que las carreteras se encontraban en mal estado, llenas de baches, socavones y piedras, que convertían los desplazamientos en algo desagradable e indeseable. En otros lugares, simplemente había pedregosas pistas de tierra, llenas de polvo cuando hacía calor y enfangadas si llovía, de modo que llegar al destino se traducía en una auténtica agonía. Eran decenas de miles los ciudadanos que se veían obligados a someterse a esa tortura ante la ausencia de caminos decentes y de operarios que los adecentaran.

 

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Existían desde hacía años planes nacionales que debían resolver este despropósito y esta flagrante inequidad, pero como tantos y tantos documentos que se aprueban de forma autocomplaciente llenaban la biblioteca de los papeles mojados, cogiendo polvo mientras la gente se dejaba los huesos y el alma en las deplorables carreteras, a la cola del continente en cuanto a calidad de comunicaciones y de los viajes realizados.

Entonces el gobierno decidió construir una magnífica lanzadera dotada de las tecnologías más avanzadas, que permitiría ir de la población X a la población Z en un periquete. Eso sí era progreso, eso era estar a la altura de los pocos que se habían atrevido a construir semejante prodigio de la ingeniería. Mientras tanto, el resto de la red de comunicaciones seguía en el mismo estado de abandono, para desesperación de quienes no deseaban ir a X para desplazarse a Z y querían viajar por donde ellos quisieran, pero sin jugarse el físico, por carreteras agradables y cuidadas por operarios competentes. Sin embargo, la respuesta fue la misma evasiva de siempre, eso no era prioritario, el progreso era lo prioritario, y ponerle trabas era retrógrado. A quienes mandaban no parecía importarles de verdad cómo lo pasaban el conjunto de los ciudadanos que sufrían por aquellos caminos intransitables, ni su libertad para decidir por dónde y desde dónde querían viajar, solo tenían ojos para los presuntos usuarios de la lanzadera, que proclamaban como la gran solución a todos los problemas de comunicación. Y muchos así lo creían.

Pero otras voces se alzaron reclamando su derecho a elegir, a elegir su ruta y a disponer de las mismas oportunidades para tener un trayecto apacible que quienes vivían en X, porque ese derecho se estaba pisando desde siempre y no se hacía nada por remediarlo. Les daba igual que se inaugurase la lanzadera, no se oponían, pero no era para ellos, que preferían circular más despacio, pero pudiendo contemplar el paisaje, a veces árido, a veces una caricia para el alma, en lugar de aquel teletransporte en el que no había paisaje alguno que contemplar. No entendían por qué se priorizaba algo que beneficiaría a unos pocos y se abandonaba a su suerte a todos los demás sin poner los medios para que pudieran viajar bien, pese a que era su derecho, tan reconocido como obviado. 

Pero fueron ignorados y silenciados. Ya tenían la lanzadera. ¿Qué más querían?

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