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La vida es vida hasta el final

 

El pasado jueves 17 de diciembre, en una coincidencia no buscada pero muy significativa, presentábamos online mi nuevo libro, Historias con alas, un proyecto de la Fundación 38 grados

 

La periodista Elia Rodríguez, que condujo magníficamente el evento, me preguntaba por una frase que yo repito varias veces en el libro: La vida es vida hasta el final. Y efectivamente, esa frase resume la esencia de lo que sucede en la treintena de historias reales que se relatan en el libro. Historias protagonizadas por enfermos y por sus familias, que desde la aceptación de lo que estaba ocurriendo decidieron aprovechar el tiempo para vivir con mayor intensidad y abrirse a experimentar momentos mágicos que en otras circunstancias les hubieran resultado inimaginables.

 

Para ello contaron con la ayuda de la Fundación 38 grados. Araceli, Rocío y María nos explicaron cómo se embarcaron en esa bella misión de ayudar a cumplir sueños en el tramo final de la vida de las personas, y también de dónde surgió la idea de plasmar las historias en un libro y cómo funcionaba la complicidad que se ponía en marcha cuando los hilos invisibles lograban conexiones y coincidencias que hacían posible y hasta fácil lo que podía parecer inaccesible.

 

Por su parte, Mª José compartió con la audiencia lo maravillosa que resultó para su familia la experiencia de que unas desconocidas se interesaran por llenar de ilusión aquella etapa final de su marido, y lo hicieran de verdad y desde el corazón. Compartió también su reconocimiento hacia los profesionales de cuidados paliativos que los cuidaron y acompañaron durante todo el proceso haciéndoles sentir que nunca iban a estar solos. Y compartió el agradecimiento por la intensidad de todo lo que pudieron vivir juntos hasta el último instante y la paz que eso les había dejado a ella y a sus hijos. Fue un testimonio emotivo que representaba no solo a las familias que protagonizaron los grados llevados a cabo por la Fundación 38 grados, sino también a todas las familias que gracias a que reciben el apoyo suficiente y la atención de calidad de servicios de cuidados paliativos pueden afrontar esta fase del final de la vida sintiéndose bien arropados y decididos a exprimir la vida hasta sus últimas gotas.

La Dra. María Herrera nos expuso lo que había significado en su hospital (Hospital Infanta Elena, en Madrid) la llegada de aquellas mujeres con su asombrosa propuesta, y cómo eso había cambiado completamente el día a día de los enfermos que entraban en esa esperanzadora rueda. Arrinconar por un tiempo a la enfermedad y sus síntomas para hablar ilusionadamente de cómo iban los progresos para la consecución del sueño detectado por esos mismos profesionales, que ven mucho mas allá de la enfermedad, había transformado los pases de visita y había trasfigurado la expresión de quienes estaban postrados en el lecho esperando su pronta muerte. 

Cuando sacamos del centro de atención a la enfermedad, que ya ha ocupado y ocupará suficiente espacio, y en ese hueco que se genera emergen la generosidad, la bondad, la gratuidad, la complicidad, todo eso que se confabula de un modo muy natural pese a que el escenario es el que es, es entonces cuando suceden cosas mágicas, que en realidad no son más que historias muy humanas. Lo que las hace extraordinarias es que pocas veces le damos a toda esa humanidad la oportunidad de manifestarse, distraídos como estamos empecinados en que las cosas no sean como en realidad son y buscando el remedio a nuestro sufrimiento en el lugar equivocado.

Me preguntaba también Elia si en medio de esta happycracia en la que no hay lugar para lo que nos resulta desagradable era posible hablar de sueños cuando la vida llegaba a su final, algo que suena como muy contracorriente. Sí, vamos contracorriente los que tratamos de ayudar a que las personas puedan vivir su vida hasta el final, pero no por obligación ni por decreto, sino porque cuando disminuye el miedo, cuando disminuye la sensación de abandono, cuando disminuye el sentimiento de no ser respetado como persona, cuando uno percibe que se interesan de verdad por él, cuando su sufrimiento es atendido y acompañado, y ya no digamos cuando alguien te ofrece la posibilidad de alcanzar un anhelo pendiente, cuando sucede todo eso, que depende de las personas, pero también de quienes deberían garantizar los medios y los recursos (y no lo hacen), entonces la vida puede ser vida hasta el final, claro que sí, sueños incluidos.

Es este un libro lleno de esperanza, la esperanza que experimentaron todos sus protagonistas, la esperanza que ayudó a los familiares pese a perder a su ser querido, y la esperanza en que las cosas pueden hacerse de otro modo. Hay que tener la voluntad de que así sea, y hay que facilitar los medios.

Acabo con una petición. Para estas fiestas, regala esperanza, la que contiene el libro, y la que proporcionan a las personas en final de vida tanto la Fundación 38 grados como la Fundación Paliaclinic, destinatarias de los beneficios.

 

Gracias de antemano, y felices fiestas.



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