Reflexiones sobre enfermedad y final de vida

Prudencia y parálisis no son lo mismo. El miedo con el que nos abruman a todas horas está paralizando la vida. Será decisión de cada uno encomendarse a la prudencia y asumir algunos riesgos, o esperar en la cueva a la supuestamente salvadora vacuna. La vida no es ni ha sido nunca completamente segura. Proteger y protegerse, por respeto a los demás y a uno mismo, pero seguir viviendo.

Aunque ya hace mucho tiempo que sabemos que la salud no es solo cosa de biología, el sistema sigue imponiendo la integridad del cuerpo físico sobre todo lo demás, y el modo en que se ha respondido a la actual pandemia es toda una demostración. Relegar lo emocional y social a extremos nunca vistos está teniendo y tendrá importantes consecuencias en la salud de las personas.

Lo más cruel de esta pandemia es la soledad que impone a los que van a morir, un sufrimiento añadido para el enfermo, y para las familias. Pero esta soledad no es nueva, aunque ahora se está tomando conciencia forzosamente de lo que supone. Una gran oportunidad para aprender y cambiar nuestra actitud ante los enfermos avanzados.

La actual crisis provocada por el coronavirus está sacudiendo los cimientos de toda la sociedad y poniendo al descubierto nuestra verdadera vulnerabilidad, la que siempre ha estado ahí, aunque nos queramos (y nos quieran) convencer de lo contrario.

¿De quién es la responsabilidad de la salud de la persona, entendida como salud global? El afinador de pianos tiene la misión de tratar de poner a punto el instrumento para que suene bien y sin obstáculos, pero la música que surgirá del piano dependerá del pianista, de su preparación, de su talento, de su actitud. La música no dependerá solo de que cuerdas, teclas y pedales estén en condiciones, la responsabilidad última será del pianista.

Desde el más absoluto respeto a todas las opiniones, ideologías y creencias, una breve reflexión en forma de fábula para poner de manifiesto la falta de equidad y el poco respeto a la inmensa cantidad de sufrimiento aliviable en los procesos de final de vida, que se traduce en cifras de escándalo que nos pone en vergonzosa evidenciacomo país, y que me temo que se seguirá obviando, con o sin nueva ley.

En medio del lenguaje belicista contra el cáncer y las esperanzas puestas en los imparables avances científicos, para el enfermo existe otro elemento crucial que va a determinar cómo vivirá la enfermedad. Será la presencia a su lado de personas que lo acompañarán de forma incondicional la que romperá la soledad y teñirá de humanidad un duro periodo que justamente por eso se hará más soportable.

Tomar decisiones nunca es fácil. Hacerlo cuando una enfermedad amenaza nuestra vida, o la de un ser querido, aún es mucho más difícil. Toda actividad que conlleva dificultad requiere de preparación y entrenamiento. Reflexionar anticipadamente sobre situaciones que podrían darse en relación a la enfermedad o la muerte nos capacitará para afrontarlo mejor en un futuro que no sabemos cuán lejano está.

La vida es una sucesión de momentos, que se viven de uno en uno y no todos al mismo tiempo. Eso, a veces, es lo que globalmente hace soportable lo que visto de forma anticipada o retroactiva puede parecer insoportable. Así ocurre en el final de vida, que también hay que vivir día a día, momento a momento... Lo que se imagina insufrible puede ofrecer instantes de plenitud que valgan por toda una vida...

Tenemos mucho miedo a la muerte, y a morirnos. La imaginación nos juega malas pasadas, y asociamos el trance de morir a una experiencia terrorífica y de elevado sufrimiento. Pero las evidencias recogidas por profesionales dedicados a los cuidados paliativos y por los propios enfermos cuando no han acabado de dar el último paso dicen todo lo contrario.

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