Y vino el lobo

 

No he podido evitar en estas últimas semanas acordarme de la famosa fábula del pastor mentiroso (atribuida a Esopo). Cuando se miente a menudo o por costumbre, lo normal es que al final nadie te crea, y el único responsable de lo que pase entonces es el mentiroso, no los incrédulos. Y cuando por sistema se genera alarma y se toca a rebato ante amenazas inexistentes o que en ningún caso justifican tal alarma, si un día suena una vez más la alarma y todo el mundo sigue como si nada, la responsabilidad es igualmente de quienes hicieron un mal uso, interesado, por supuesto, infundiendo miedo a la gente para nada. Eso es, ni más ni menos, lo que ha sucedido con la pandemia del covid-19.  

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Redescubriendo la soledad del enfermo

Son muchos los impactos que estamos recibiendo estos días sin descanso ni tregua. Números amenazantes, futuro incierto, mensajes agoreros, y un alud de disinformación (dis, con i).

 

Pero posiblemente la mayor crueldad que estamos viviendo como consecuencia de la pandemia del Covid-19 es la obligada soledad a la que el virus está sometiendo a los enfermos, sobre todo si están graves o si van a morir. Una soledad que se prolonga más allá de la propia muerte, pues no solo niega las despedidas en directo, sino también los rituales funerarios que con todas sus limitaciones tanto necesitamos. 

 

La vivencia para muchas familias está siendo durísima, sufriendo al pensar en la soledad de su ser querido en sus últimas horas, y sintiendo impotentes el terrible vacío de la ausencia súbita en medio de la carencia de calor humano que queda restringido al consuelo telemático.

 

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Desnudando el estado del bienestar

Tiempo de mascarillas y de máscaras. Mascarillas para proteger y protegerse, y máscaras que caen dejando al descubierto fantasías y miserias.

La sociedad occidental, especialmente la europea, acomodada, egoísta, timorata, envejecida, lenta de reflejos, consumidora compulsiva, y adicta a la seguridad en todas sus formas, ve como su adorado estado del bienestar queda en evidencia, y de qué manera. El solemne y gran edificio ha sido demolido en un santiamén por un microorganismo que ha desatado la cara más terrible del poder de la naturaleza que pretendemos someter y dominar. Los políticos ven estupefactos cómo el tsunami les pasa por encima, y los más mediocres entre sus filas balbucean palabras que apenas nadie cree. Y los ciudadanos, todavía frotándose los ojos para cerciorarse de que esto no es un sueño, también se muestran fieles a lo que son cada uno de ellos. 

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Lectura gratuita frente al confinamiento

Cuando la vida nos hace una poderosa demostración de que es ella la que nos lleva y no al revés, cuando todas nuestras planificaciones se han ido al traste y lo que parecía importante no es que haya dejado de serlo sino que ha sido colocado en su verdadero lugar, nos encontramos con que el frenazo a nuestra frenética hiperactividad puede ser una oportunidad para escucharnos un poco a nosotros mismos, y para replantearnos cómo pensamos seguir cuando todo pase, que pasará.

Llenar las horas de confinamiento, o suplir todo lo que hacíamos fuera de casa por actividades en el hogar, nos otorga la libertad de elegir a qué dedicamos ese tiempo. Y aunque necesitaremos espacios de ocio y distracción que nos aireen y descarguen de la sobreinformación amenazadora, también los puede haber para la lectura sosegada.

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El afinador de pianos

Hace ya muchos años que me venía preguntando, desde mi observatorio de médico de familia primero y médico de cuidados paliativos después, hasta qué punto las personas se responsabilizaban de su propia salud o delegaban esa responsabilidad en los profesionales o en el sistema. A medida que iba pasando el tiempo, y yo también profundizaba en lo que significaba la relación de ayuda con el enfermo, y más aún si se enfrentaba al final de su vida, llegaba a conclusiones muy claras: la mayor parte de las personas esperaban de ese sistema, en modo petición o incluso en modo exigencia, que les solucionara sus problemas de salud, como quien va al taller a que el mecánico le arregle las averías de su vehículo. Problemas que en un elevado porcentaje traducen problemas con la propia vida. Y, ¿hasta dónde llega la responsabilidad del médico en la vida de las personas y en lo que hacen con ella, y en el sentido que le encuentran?

 

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