Daños colaterales

 

Todas las guerras provocan muerte, destrucción, y una ingente cantidad de sufrimiento que, por el hecho de ser causado por la sinrazón, la barbarie y la estupidez de los humanos resulta mucho más difícil de soportar. Un fenómeno característico de todas las confrontaciones bélicas son los llamados daños colaterales, un eufemismo para denominar (y justificar) que no importa el sufrimiento provocado de forma indiscriminada siempre que se consigan los fines propuestos de antemano. Si en un bombardeo de un objetivo militar mueren varias docenas de civiles (por cierto, en todas las guerras mueren más civiles que militares) eso se considera una nimiedad si se ha logrado destruir el mencionado objetivo; y si no, también. Ya se sabe, es la guerra, y pasan esas cosas. 

 

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A vueltas con el miedo

 

En los países donde llueve poco o suele hacer buen tiempo, la lluvia acostumbra a provocar que se suspendan actividades o que estas queden deslucidas mientras la gente maldice su mala suerte.

 

En los países donde suele llover, no por ello dejan de hacer cosas, se adaptan, se preparan, se protegen, y siguen adelante, aunque llueva, porque si esperan a que salga el sol la espera puede convertirse en desesperación. Saben que la lluvia no es accidental, ni un simple inconveniente momentáneo. Probablemente preferirían que no lloviera, pero no pueden escoger, y la vida no puede detenerse y ha de seguir fluyendo, bajo la lluvia.

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Comportamientos humanos

Los seres humanos somos muy poco originales. Si echamos la mirada hacia atrás con un mínimo de humildad, comprobamos cómo ante hechos parecidos se reproducen los mismos comportamientos y las mismas actitudes, no importa cuántos años o incluso siglos hayan transcurrido. Seguramente en ello pensaba el gran Albert Camus cuando escribió La Peste, una novela de culto.

 

Como habrán hecho infinidad de lectores, he aprovechado la ocasión para volver a leerla en un contexto único para vivirla de un modo distinto. Y como no podía ser de otro modo, la lectura ha resultado de lo más ilustrativa. Destacaré brevemente algunos aspectos o pasajes de la narración.

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¿Qué salud queremos proteger?

 

Que la salud no se limita a no estar enfermo, que no se reduce a los aspectos meramente físicos, sino que abarca aspectos emocionales, sociales y espirituales, es algo que no es nuevo en absoluto, al menos como concepto teórico.

 

Como seres humanos multidimensionales que somos, para sentirnos bien necesitamos mucho más que mantener unos parámetros biológicos dentro de la normalidad. Aspiramos a algo más que a estar vivos, aspiramos a sentirnos vivos; anhelamos algo más que ir tachando días en el calendario, anhelamos llenarlos de sentido y de contenido. La supervivencia es un valor supremo, pero no tiene por qué ser el único ni el que anule por completo a todos los demás. 

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Y vino el lobo

 

No he podido evitar en estas últimas semanas acordarme de la famosa fábula del pastor mentiroso (atribuida a Esopo). Cuando se miente a menudo o por costumbre, lo normal es que al final nadie te crea, y el único responsable de lo que pase entonces es el mentiroso, no los incrédulos. Y cuando por sistema se genera alarma y se toca a rebato ante amenazas inexistentes o que en ningún caso justifican tal alarma, si un día suena una vez más la alarma y todo el mundo sigue como si nada, la responsabilidad es igualmente de quienes hicieron un mal uso, interesado, por supuesto, infundiendo miedo a la gente para nada. Eso es, ni más ni menos, lo que ha sucedido con la pandemia del covid-19.  

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