La incomprendida gratuidad

 

No deja de sorprenderme negativamente el empecinamiento que la ciencia muestra en justificar el altruismo como un fenómeno de autosatisfacción al que por tal motivo se le resta mérito alguno. Ya son varias las ocasiones en las que he escuchado cómo desde un tono aséptico se habla acerca de la tarea que desarrollan los voluntarios. Hace unos años incluso escuché algo similar en boca de un médico… en un acto de agradecimiento al voluntariado, lo cual era cuando menos poco adecuado y aún menos sensible. 

 

Y, no sé por qué será, cuando oigo este tipo de discursos que en el afán de querer demostrarlo todo le restan belleza y humanidad a la vida me viene a la mente la célebre fábula atribuida a Esopo de la zorra y las uvas.

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Dejar espacio a la bondad

La bondad no está de moda. En nuestra sociedad, no. La bondad, cuando se muestra, que lo hace, porque por mucho que se empeñen los incrédulos la bondad existe, puede desencadenar varias actitudes, la mayor parte de las cuales tienen muy poco de bondadosas.

En estos tiempos de posverdad, en los que la verdad se licúa al servicio de los intereses o gustos de cada uno, y en los que mentir o disfrazar la realidad hasta hacerla irreconocible es casi una obligación si no se quiere pasar por ingenuo o directamente por imbécil, la presunta bondad es en primer lugar sospechosa de ocultar oscuras intenciones. La gratuidad, en un mundo sometido a la tiranía del valor económico de absolutamente todo, también es sospechosa. Si alguien nos ofrece algo desinteresadamente, lo miramos con recelo, damos un paso atrás y tratamos de desentrañar qué es lo que quiere de nosotros.  Cuesta creer que alguien me regale algo, aunque sea su tiempo o su presencia.

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Cuatro años después

Dicen que como la primera vez no hay ninguna otra. Y supongo que es verdad. Pero no es menos cierto que el tiempo va otorgando una perspectiva que permite saborear los momentos de diferente modo. Es otra intensidad, es otra excitación, es otra experiencia. Sin la primera no hubiesen venido las siguientes, pero todas son hijas de vivencias anteriores.

Cuatro años separan mi debut en un Sant Jordi para mí inolvidable en 2017 del Sant Jordi de las mascarillas y las distancias que viví ayer. Hace cuatro años firmaba ejemplares de Destellos de luz en el camino, mi segunda obra escrita, la primera que era publicada por una editorial (y no autoeditada). Con las Ramblas de Barcelona repletas de gente, recuerdo con asombro cómo los ejemplares se agotaron mucho antes de que completara mi tiempo de firmas. Nadie pensaba que iba a ser así. Fue algo muy sorprendente para mí, como lo ha sido todo lo mucho que este libro me ha dado en estos cuatro años. Nunca lo hubiera imaginado.

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La novela que se convirtió en histórica mientras se imprimía

Pensé escribir esta novela (El Filósofo y el Médico) hace algo más de dos años. Me pareció interesante aportar visión y conocimiento, desde mi dilatada experiencia como médico de cuidados paliativos, acerca de lo que puede suceder cuando una persona llega al final de su vida y quiere decidir el cómo y el cuándo. El debate sobre la eutanasia estaba en la calle y existía la posibilidad de que un gobierno lo abordara en forma de nueva ley en un futuro no lejano. Yo deseaba adelantarme a esa hipotética circunstancia.

 

Con lo que no contaba era con la aceleración de los acontecimientos y con que, mientras el país y el mundo entero sucumbían a las consecuencias de la pandemia, las prioridades políticas iban a ir por otros derroteros y aprobarían la ley aprovechando su pactada mayoría parlamentaria.

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La confusión y la presencia

Los buenos libros se leen más de una vez, cada lectura es diferente de la anterior, y de cada una de ellas extraemos aprendizajes igualmente diferentes. Releyendo de nuevo el magnífico libro de Frank Ostaseski Las cinco invitaciones me detuve en una idea. El autor explica cómo estar con personas confundidas, como es el caso de enfermos con Alzheimer (por ejemplo) nos altera y descoloca. Lo que no responde a nuestros patrones de racionalidad nos incomoda, e incluso tendemos a forzar la racionalidad del otro buscando un imposible. En cambio, cuando contemplamos su confusión desde la aceptación y la bondad, y somos capaces de estar junto al otro sin juzgarlo, sin pretender cambiar las cosas ni obtener resultados que solo nos interesan a nosotros, sino simplemente aportar nuestra presencia amorosa y acompañar comprensivamente desde ella, es cuando nuestra actitud resulta tranquilizadora para ambas partes. No hace falta más.

 

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