La novela que se convirtió en histórica mientras se imprimía

Pensé escribir esta novela (El Filósofo y el Médico) hace algo más de dos años. Me pareció interesante aportar visión y conocimiento, desde mi dilatada experiencia como médico de cuidados paliativos, acerca de lo que puede suceder cuando una persona llega al final de su vida y quiere decidir el cómo y el cuándo. El debate sobre la eutanasia estaba en la calle y existía la posibilidad de que un gobierno lo abordara en forma de nueva ley en un futuro no lejano. Yo deseaba adelantarme a esa hipotética circunstancia.

 

Con lo que no contaba era con la aceleración de los acontecimientos y con que, mientras el país y el mundo entero sucumbían a las consecuencias de la pandemia, las prioridades políticas iban a ir por otros derroteros y aprobarían la ley aprovechando su pactada mayoría parlamentaria.

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La confusión y la presencia

Los buenos libros se leen más de una vez, cada lectura es diferente de la anterior, y de cada una de ellas extraemos aprendizajes igualmente diferentes. Releyendo de nuevo el magnífico libro de Frank Ostaseski Las cinco invitaciones me detuve en una idea. El autor explica cómo estar con personas confundidas, como es el caso de enfermos con Alzheimer (por ejemplo) nos altera y descoloca. Lo que no responde a nuestros patrones de racionalidad nos incomoda, e incluso tendemos a forzar la racionalidad del otro buscando un imposible. En cambio, cuando contemplamos su confusión desde la aceptación y la bondad, y somos capaces de estar junto al otro sin juzgarlo, sin pretender cambiar las cosas ni obtener resultados que solo nos interesan a nosotros, sino simplemente aportar nuestra presencia amorosa y acompañar comprensivamente desde ella, es cuando nuestra actitud resulta tranquilizadora para ambas partes. No hace falta más.

 

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La vida es vida hasta el final

 

El pasado jueves 17 de diciembre, en una coincidencia no buscada pero muy significativa, presentábamos online mi nuevo libro, Historias con alas, un proyecto de la Fundación 38 grados

 

La periodista Elia Rodríguez, que condujo magníficamente el evento, me preguntaba por una frase que yo repito varias veces en el libro: La vida es vida hasta el final. Y efectivamente, esa frase resume la esencia de lo que sucede en la treintena de historias reales que se relatan en el libro. Historias protagonizadas por enfermos y por sus familias, que desde la aceptación de lo que estaba ocurriendo decidieron aprovechar el tiempo para vivir con mayor intensidad y abrirse a experimentar momentos mágicos que en otras circunstancias les hubieran resultado inimaginables.

 

Para ello contaron con la ayuda de la Fundación 38 grados. Araceli, Rocío y María nos explicaron cómo se embarcaron en esa bella misión de ayudar a cumplir sueños en el tramo final de la vida de las personas, y también de dónde surgió la idea de plasmar las historias en un libro y cómo funcionaba la complicidad que se ponía en marcha cuando los hilos invisibles lograban conexiones y coincidencias que hacían posible y hasta fácil lo que podía parecer inaccesible.

 

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Daños colaterales

 

Todas las guerras provocan muerte, destrucción, y una ingente cantidad de sufrimiento que, por el hecho de ser causado por la sinrazón, la barbarie y la estupidez de los humanos resulta mucho más difícil de soportar. Un fenómeno característico de todas las confrontaciones bélicas son los llamados daños colaterales, un eufemismo para denominar (y justificar) que no importa el sufrimiento provocado de forma indiscriminada siempre que se consigan los fines propuestos de antemano. Si en un bombardeo de un objetivo militar mueren varias docenas de civiles (por cierto, en todas las guerras mueren más civiles que militares) eso se considera una nimiedad si se ha logrado destruir el mencionado objetivo; y si no, también. Ya se sabe, es la guerra, y pasan esas cosas. 

 

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A vueltas con el miedo

 

En los países donde llueve poco o suele hacer buen tiempo, la lluvia acostumbra a provocar que se suspendan actividades o que estas queden deslucidas mientras la gente maldice su mala suerte.

 

En los países donde suele llover, no por ello dejan de hacer cosas, se adaptan, se preparan, se protegen, y siguen adelante, aunque llueva, porque si esperan a que salga el sol la espera puede convertirse en desesperación. Saben que la lluvia no es accidental, ni un simple inconveniente momentáneo. Probablemente preferirían que no lloviera, pero no pueden escoger, y la vida no puede detenerse y ha de seguir fluyendo, bajo la lluvia.

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